El CIS y el (pesado) baúl de los recuerdos

Posted on 8 de diciembre de 2015

Lo más llamativo del último preelectoral del CIS (estudio nº 3117) ha sido el inesperado garrotazo que le ha propinado al PSOE en la estimación electoral. Frente a las habituales «sorpresas» de la demoscopia showbiz, el CIS venía ofrececiendo un contrapunto más estable, avalado además por la mayor calidad de sus datos brutos. Sin embargo, entre la estimación de su anterior barómetro (trabajo de campo, 1-12 de octubre) y la de este preelectoral (27 oct-16 nov), el CIS echaba un jarro de agua fría sobre las expectativas del PSOE.

Básicamente porque se alineaba con la imagen demoscópica de las encuestas más «peperas»: 1) el PP contaría con una ventaja amplia; 2) el PSOE en realidad estaría compitiendo con Ciudadanos por salvar la segunda plaza. Una proyección muy distinta de la que el propio CIS dibujaba apenas un mes antes. En el barómetro de octubre el PSOE estaba a menos de 4 puntos del PP y tenía a su supuesto perseguidor a más de 10 puntos. ¿Qué demonios había pasado en un solo mes?

Evolución CIS

En realidad, hay una explicación técnica. Las estimaciones del CIS no son un prodigio de refinamiento (probablemente para evitar acusaciones de «cocina sesgada»). Básicamente utilizan dos ingredientes: el recuerdo de voto y la intención de voto. Los movimientos arriba o abajo de la intención de voto empujan la estimación en la misma dirección. El recuerdo de voto, por su parte, es usado para ponderar ese empuje. Así, si a un determinado partido recuerdan haberle votado menos de los que realmente le votaron, esa diferencia pondera hacia arriba. Si ocurre lo contrario, esto es, recuerdan haberle votado más de los que lo hicieron, pondera hacia abajo. Esa dependencia mecánica del recuerdo de voto es lo que hizo que, en 2011, el CIS estimara que los cuatro escaños alaveses se repartirían entre PP y PSOE (ambos con fuerte ocultación de recuerdo en Euskadi).

Al PSOE le pasan dos cosas contrapuestas entre el barómetro de octubre y el preelectoral de noviembre. Por un lado, su intención de voto desciende del 16,6% al 14,9% (-1,6 puntos). Por otro, su recuerdo de voto aumenta: desde octubre a noviembre hay una proporción mayor de encuestados que «recuerdan» haberle votado en 2011 (+1,4 puntos). El descenso en la intención de voto empuja la «estimación mecánica» del CIS hacia abajo, mientras que el aumento en el recuerdo de voto multiplica ese efecto, porque reduce los ponderadores previos que el CIS utilizaba para estimar el voto al PSOE. Curiosamente, al PP le ocurre lo contrario, ve reducirse su recuerdo (-1,6) y aumentar su intención, pero esto último lo hace en tan poco grado (+0,5) que en realidad su estimación apenas cambia; de hecho, lo hace levemente hacia abajo (-0,5), probablemente como resultado de ajustar los cambios del resto de estimaciones.

KCIS RV-IDV-EST

Tenemos por tanto una explicación perfectamente lógica a lo que en apariencia es un cambio inexplicable, al menos en esa magnitud y en menos de un mes (con una participación del 75%, un cambio de 4 puntos supone más de un millón de votos). Pero quedan cosas por explicar. La primera, la contradictoria evolución del recuerdo y la intención, particularmente en el PSOE. Sobre todo porque el recuerdo suele estar «contaminado» por la intención. Es decir, muchos encuestados tienden a «recordar» que votaron en anteriores elecciones al partido al que tienen intención de votar ahora. Por eso es extraño que descienda la intención al mismo tiempo que sube el recuerdo y que además lo haga contra la tendencia previa, eliminando la ventaja que en intención directa mantenía el PSOE sobre el PP -en los propios estudios del CIS– prácticamente desde hace un año.

IDV2014-15

Claro que todos esos movimientos en los datos, de alrededor de punto y medio, están de hecho dentro de los márgenes de error: el ±0,76 para el conjunto de la muestra, pero mayor cuando hablamos de un segmento de la misma, en este caso el de quienes recuerdan haber votado -o tienen intención de votar- a un partido o a otro. Lo que sigue siendo inexplicable es la otra parte de la «nueva» fotografía demoscópica del CIS: en un mes, y sin recuerdo de voto que lo justifique, un ascenso de apenas medio punto en la intención directa de voto a Ciudadanos, se transforma en un aumento de 4,3 puntos en el voto estimado. Sin explicación aparente. Esto no.

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Ana y las conclusiones

Posted on 18 de marzo de 2015

La intención de voto es la respuesta directa de los entrevistados a la pregunta de qué votarían si se celebrasen elecciones mañana. Aunque el CIS se empeña en etiquetar los datos de intención como «votos directos en la encuesta», es obvio que no son votos, solo son respuestas a una pregunta. Es importante tenerlo en cuenta porque está comprobado que suele haber una distancia entre lo que la gente hace y lo que la gente dice que hace. En sexo y en política particularmente. El voto oculto, por ejemplo, se refiere a aquellos que en la encuesta no dicen lo que van a hacer. O que dicen que van a hacer una cosa distinta de la que realmente tienen pensado hacer.

Evolución IDV Euskadi

Sin embargo, la intención de voto tiene la ventaja de que no tiene «la cocina» que sí tienen las estimaciones electorales. En un momento de tanta incertidumbre demoscópica, con cambios un tanto increíbles de un mes al siguiente, deberíamos dejar un poco al margen las estimaciones electorales y prestar más atención a la intención de voto como indicador del clima electoral.

Siempre que los datos sean metodológicamente fiables, claro. Algo que no puede decirse de todas las encuestas que se están publicando. Y siempre que el sondeo publique el dato de intención directa. Algo que los que andan con astucias (2 Cor. 4:2) no suelen hacer. Las estimaciones pueden variar mucho de una encuesta a otra, tanto como lo hagan las hipótesis que se barajan a la hora de “adivinar” el resultado electoral. Pero la intención directa, asumiendo que los errores muestrales que se publican son ciertos, no puede volverse loca de unas encuestas a otras hechas en el mismo periodo.

Lo que venimos diciendo tiene importancia sobre todo cuando nos fijamos en la evolución de los datos. Con la intención de voto, al menos, tenemos la certeza de que lo que estamos viendo es la evolución de las respuestas directas de las personas encuestadas. En la evolución de las estimaciones electorales, sin embargo, no sabemos si esa supuesta evolución se debe a cambios en las respuestas de los entrevistados o a cambios en las hipótesis del “cocinero”, cosa bastante probable en el momento actual.

Para ver la evolución de la intención de voto en Euskadi voy a utilizar los datos de los últimos sociómetros y los del último Euskobarómetro. En ambos casos, la técnica de sondeo es la de encuestas a domicilio (ni telefónicas, ni cuestionarios online). La comparación tiene el hándicap de que el Sociómetro preguntaba por el voto a elecciones forales (se han ponderado los datos de cada territorio para obtener el correspondiente a la comunidad autónoma), mientras que el Euskobarómetro lo hacía para las autonómicas. Creo, no obstante, que la coherencia de los datos permite observar la evolución considerando conjuntamente todos ellos. Con la excepción de Podemos y la abstención, en el resto de los casos las evoluciones de las respuestas en estos cuatro meses son suaves. De hecho eso es lo habitual aunque ahora parezca lo contrario, acostumbrados como estamos al tiovivo de una sorpresa al mes, tan del gusto de la «demoscopia showbiz».

La intención de voto declarada a PNV, Podemos y EH Bildu, es sensiblemente mayor que la de PSE y PP. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la ocultación de voto a estos dos últimos, sobre todo al PP, es un clásico en Euskadi. Aún así, los valores de intención son inusualmente bajos, también para PNV y EH Bildu, quizá por la irrupción de nuevos actores o quizá debido a un cierto clima de desafección partidista, que veremos si el calentón electoral de este año confirma o contrarresta. En cualquier caso, entre octubre y febrero, PNV y EH Bildu acusan un descenso en la intención directa de voto, PP se mantiene y PSE-EE apunta apenas una ligera subida.

El dato más llamativo son los dientes de sierra de Podemos. Una intención de voto errática anuncia cambios pero también arroja más dudas sobre su traducción final en comportamiento de voto cuando llegue el momento de las urnas. En este caso, la intención sube mucho entre octubre y noviembre (el trabajo de campo del Sociómetro se realizó en la primera quincena de octubre, el del Euskobarómetro es de la primera quincena de noviembre), para posteriormente descender de forma muy acusada, aunque el saldo final entre octubre y febrero siga siendo positivo para Podemos (+2,8). Un saldo que además le deja muy cerca de PNV y por delante de EH Bildu en intención declarada de voto, lo que también es bastante inusual en la demoscopia vasca para un partido (que se supone) no abertzale.

El ascenso en la intención de voto a Podemos entre octubre y noviembre de 2014, podría reflejar el acelerón final de su exposición pública positiva entre su Congreso fundacional (19-20 de octubre) y la elección final de su Secretario General (15 de noviembre). A partir de ese momento, sin embargo, empiezan a aparecer informaciones negativas y de impacto en torno a Podemos, como el caso del contrato de Errejón (21 de noviembre) o el pinchazo televisivo de Iglesias en la entrevista con Ana Pastor (16 de noviembre). Y después vinieron más. En ese contexto, la movilzación del 31 de enero no consiguió el momentum del periodo congresual.

Es llamativo, también, que los dientes de sierra no se correspondan con movimientos en el resto de opciones de voto, sino en la abstención declarada, que es casi su reflejo opuesto. En un primer momento, el ascenso de la intención de voto a Podemos se compensa con un descenso de la abstención. Después, el descenso de Podemos encuentra la réplica en un aumento de la abstención.

No diremos más, porque «esos son los datos pero suyas son las conclusiones», que dice Ana Pastor mientras te sonríe una conclusión o dos. Y es que hay que tener cuidado con los datos también. Primero, porque un dato no hace verano y las conclusiones serán provisionales, hasta que nuevos datos las confirmen, las maticen o las desmientan. Segundo, porque nada hay más peligroso que escoger los datos que confirman nuestros pre-juicios. Es el mejor camino para acabar creyéndonos nuestras propias falacias. O para que se las crean los demás. Que se lo pregunten a quien hace los informes del Ministerio. Una cosa son los datos y otra los numeritos.

El misterio de los novicios

Posted on 7 de enero de 2015

Grande ha sido la sorpresa, y aún más grande la alharaca, con que se ha recibido la última estimación electoral del Euskobarómetro. No menor que la sorpresa misma de ver tanta vestidura rota y tanta impúdica exhibición de duelo, en un país tan poco dado a estas expansiones del espíritu. Hablo, naturalmente, de Baskenland, donde se tiene a gala no emitir sonido alguno ni cuando te depilan con cera caliente los genitales. Pero hete aquí que la irrupción de los Podemitas ha obrado el milagro y de pronto hay quienes, transidos, saludan el Año Teresiano haciendo de monja en éxtasis, sin pudor y sin medida. Será quizá que sale a la luz ahora tanta depilación silenciada y, claro, sobreactúan por falta de costumbre. «Y tan alta vida espero, que muero porque no muero». La última manifestación del misterio denuncia una supuesta conspiración energético-demoscópica-televisiva, a cuenta del error en la infografía en el programa de Iñaki López en La Sexta.

«Hamaika ikusteko jaioak gara», es fórmula en euskera para expresar sorpresa ante algún hecho inusitado y literalmente viene a decir que hemos nacido para ver once. El problema es que no eran once sino veintiuno. ¡21 escaños para Podemos! ¡En Euskadi! «Intolerable», dijo uno; «El acabose», observó la monja desvaída; «Vayamos a Pancorbo a defender el desfiladero, estos no entran, te lo digo yo», replicó la más belicosa. «Que me los pongan para cenar, al Pablo ése y a los seiscientos del euskobarómetro que, como son pocos, después acompañaremos de unas alubias con sacramentos, bacalao con piperrada, chuleta de kilo y pantxineta», terció por fin el más sensato, para zanjar el asunto sin dejar de comer.

¡Y todo por una estimación electoral! Que una semana antes, y con base en los mismos datos, se hiciera público que Pablo Iglesias Turrión«un político de Madrid» en el argot local- recibiera el aprobado de 2 de cada 3 vascos, por encima del número de aprobados que haya obtenido nunca ningún político vasco, no despertó asombro ni escoció. Quizá porque se atribuyó a un folklorismo pasajero y sin consecuencias. Es cosa sabida que los gustos televisivos de la audiencia vasca son parecidísimos a los del ebropabajo y Pablo, el chico ése de la coleta, había entrado también en nuestras casas torre con su piquito de oro, siendo ya como de la familia, aunque ciertamente el arrobamiento con que la niña miraba al que llama «su Pablo» empezaba a preocuparnos. ¡Pero 21 escaños! «El acabose», volvió a repetir la monja, más desvaída que antes.

El quid del misterio descansa en el carácter adivinatorio y determinista con que los expertos de ocasión, novicios de vocación, se aproximan a las estimaciones electorales que se publican (éste es, precisamente, mi principal reparo a que las estimaciones se hagan públicas). Cuando un partido solicita una estimación electoral, no lo hace como si acudiera a una pitonisa para saber qué futuro le aguarda. Entre otras razones, porque solo hay un futuro que le interesa: maximizar sus votos y debilitar electoralmente a los adversarios. Lo que en verdad quiere saber es qué presente tiene, para actuar sobre él y lograr que el escenario futuro se aproxime al que desea. Los sondeos buenos y las estimaciones buenas, por tanto, no son los que le dibujan un futuro esplendoroso, ni tan siquiera los que “aciertan” el futuro, sino los que le permiten dar en el momento presente con las claves que mejoren su futuro. Es perversión de novicios calenturientos tratar los sondeos como si fueran vísceras de cabra arrojadas sobre la piedra para conocer si el emperador tendrá hijos varones fértiles. Una perversión de la que luego responsabilizan a la práctica demoscópica, sentenciando lapidarios que las encuestas «no acertaron». Menuda jeta, que decía Potato.

EBEstimacionVayamos a los datos sin más demora. Las estimaciones del Euskobarómetro, y así debieran hacer todas, incluyen siempre el dato bruto de intención directa de los encuestados, es decir, lo que los encuestados declararon al ser preguntados por su voto futuro, sin cocina ni correcciones. También debe advertirse siempre que la estimación no es más que el resultado de aplicar un modelo a los datos de intención directa y otros datos de opinión, los cuales por sí mismos no proporcionan ninguna proyección de resultados electorales; por tanto, la aplicación a los mismos datos de otros modelos puede resultar en estimaciones diferentes. Tanto es así que la tabla anterior recoge mi particular estimación a partir del mismo fichero de datos y -como puede comprobarse- difiere algo de la estimación publicada.

Lo que no cambia es la intención directa de los encuestados, porque eso es lo que ellos contestaron al ser preguntados por su voto. Por eso mismo es un dato imprescindible para valorar la estimación. Hay que tener en cuenta, además, que a las incertidumbres habituales que rodean cualquier previsión electoral a medio y largo plazo, se añade ahora un contexto de profunda desafección y la entrada -de momento impetuosa- de un nuevo actor, todo un stress test para los modelos habituales de estimación. En todo caso, y como subrayé antes de la escandalera, el dato que no podía pasar inadvertido es que un partido desconocido -en el momento de realizarse el trabajo de campo ni siquiera se había constituído como tal- alcanzase una intención directa de voto del 19,3%, es decir, que 1 de cada 5 afirmaba que en unas autonómicas le votaría.

Lo más curioso del caso es que había habido señales previas, solo que la perspicacia de nuestros expertos novicios debía encontrarse en ese momento de vacaciones. A principios de noviembre, el Gobierno Vasco publicó unas estimaciones de voto para las próximas elecciones forales. La publicación de la estimación incluía esta vez los datos de intención directa, algo que el Gabinete de Prospección Sociológica no ha practicado con asiduidad, por decir así, de modo que sus estimaciones semejaban a veces un ejercicio místico. El trabajo de campo se había realizado a comienzos de octubre y estos eran los datos para Bizkaia.GVBizkaiaLa estimación -aquí “previsión”- se llevó todas las miradas del noviciado, que no reparó (no se sabe si por ignorancia o prejuicio) en la intención directa de voto. Pero el hecho cierto era que en Bizkaia, con 1.106 encuestados para cuatro distritos, con un trabajo de campo realizado un mes antes y por una empresa distinta, la intención de voto a Podemos (12,4%) era ya la segunda del ranking y había superado la de EH Bildu (10,8%). La diferencia fundamental es que ese 2º puesto en intención directa se convertía en la estimación en un empate con el PP, allá por la 4ª ó 5ª posición. Otrosí, el 10,8% de intención de EH Bildu se duplicaba en la estimación hasta el 21,6%, mientras el 12,4% de Podemos encogía hasta el 9,5%.

¿Estamos entonces ante una estimación falsa, manipuladora o metodológicamente débil? En absoluto, ya he dicho que los datos de intención no proporcionan por sí mismos ninguna proyección de resultados electorales, que es necesario interpretarlos, valorarlos, “cocinarlos”, ése es el trabajo del estimador. Con las incertidumbres actuales además, un trabajo especialmente complicado. El problema no es una estimación u otra, unas hipótesis u otras, sino el fervor religioso con que los novicios las contemplan, no viendo o no queriendo ver lo que no les gusta, aferrados siempre a la fe de que todo tiene que seguir siendo igual, previsible y como ellos quieren, en Baskenland.

Cuando el Euskobarómetro oficializó el fenómeno Podemos también en Euskadi, repercutiendo en sus estimaciones una intención de voto que hasta mediados de noviembre seguía en ascenso y era ya muy alta, esos mismos novicios respondieron del único modo que saben: cerrando los ojos, negando los datos, culpando al mensajero, repitiendo una y otra vez que no puede ser, que en Euskadi no, como si la mera repetición ejerciera el exorcismo. Pero no es éste territorio de creyentes. Ni para unos ni para otros está el futuro escrito y es seguro que volverá a haber cambios. En todo caso, siempre será verdad que ni las encuestas determinan la realidad, ni cerrar los ojos tampoco. Por eso, algunos, preferimos seguir mirando.


Entre la encuesta de Gobierno Vasco y la del Euskobarómetro, el diario Gara publicó estimaciones para las elecciones forales de cada territorio (400 encuestas en cada uno, a pesar de la división interna en distritos). Pero la no publicación de datos sistemáticos sobre intención directa en Álava, Bizkaia y Gipuzkoa, no así en el caso de Navarra, impide aventurar alguna evolución intermedia que no dependa de la estimación.

Ezekiel y los metodólogos sobrevenidos

Posted on 28 de diciembre de 2014

«El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad, porque él es el auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y tú sabrás que mi nombre es Yavéh, cuando caiga mi venganza sobre ti».

Ética demoscópica para periodistas (#017)

Posted on 5 de octubre de 2014

Lo peor del tratamiento -es un decir- que las estimaciones electorales reciben por parte del periodismo político no es el desconocimiento sino el empecinamiento. Por las trazas, ni saben, ni quieren saber. La continua confusión entre 1) intención de voto, 2) intención declarada de voto, 3) estimación de voto y 4) comportamiento de voto, es un clásico que no parece haya interés en superar antes de la próxima glaciación. A veces, y ojalá fuera solo en este terreno, tiene uno la impresión de que el justo reclamo del «sin periodismo no hay democracia» solo hace vigilia cuando las empresas del sector amenazan los puestos de trabajo, pero vuelve a dormitar en el entretanto del ejercicio.

Justo es reconocer también que los profesionales de la cosa demoscópica -y no digamos las empresas- contribuimos lo nuestro al enredo, más preocupados en vender producto que en transferir conocimiento, aún a costa de la disciplina y de la herramienta. Y así no hay manera de que avancemos, ni los unos ni los otros. Todavía estoy por ver que un error médico sea imputado a un bisturí o a una venda. Los errores demoscópicos, sin embargo, encuentran pronto al culpable: la encuesta. Las fechas postelectorales abundan en ejemplos. Al tiempo que quien vendió el producto escapa ileso mientras se afana en el próximo presupuesto.

Pero volvamos al -es un decir- tratamiento periodístico de las estimaciones electorales. Publicaba El País en su edición de hoy los resultados de un sondeo de Metroscopia que incluía datos sobre las preferencias de voto de cara a unas hipotéticas elecciones generales.

Voto probable declarado

La ficha técnica se esmeraba en aclarar que los datos se referían únicamente al voto probable declarado (declarar, según el DRAE, significa «manifestar, hacer público algo», lo que obviamente no incluye ninguna presunción sobre la veracidad factual de lo declarado), sumando a la intención de voto directa la simpatía partidista de quienes no habían declarado intención. Por si no se entendía, la ficha técnica añadía que los datos no podían entenderse de ningún modo como una estimación de voto, puesto que no habían sido sometidos a «tratamiento de depuración y de refinamiento alguno» (lo que en otras ocasiones, y muchas veces de forma peyorativa, se denomina “cocina”).

Pues que si quieres arroz Catalina. Justo debajo de tan profusas aclaraciones, El País titulaba: «El apoyo al PP se hunde por la desmovilización de su electorado». No sé de dónde habrá sacado esa conclusión el redactor del titular, porque en lo que a los datos del sondeo se refiere lo único seguro es que se hunde el volumen de quienes declaran que votarán al PP. Bueno, ni siquiera eso es seguro, porque para saber si ese “hundimiento” es de ahora habría que comparar las respuestas actuales con la intención declarada de voto al PP en sondeos anteriores. Si el referente de comparación es el voto real dirigido al PP en las últimas elecciones generales, estamos comparando comportamiento de voto real en 2011 con intención de voto declarada ahora. Como diría Ana Botella, melocotones y plátanos. Pudiera ser por tanto que nada se haya hundido, sino que nos encontremos ante un voto oculto estable al PP, en el sentido de que no declara en las encuestas que votará al PP, pero luego va y lo hace.

Titular

De modo que para concluir que se produce tal “hundimiento” necesitaríamos conocer la evolución de la intención de voto declarada en las sondeos desde 2011 hasta hoy. Aún así, y aunque no tengamos los datos para certificarlo, asumamos por último que efectivamente se ha producido un fuerte descenso en la intención declarada de voto al PP en los últimos sondeos, incluso con magnitudes de “hundimiento”. Seguiremos teniendo el problema de conectar intención declarada con comportamiento real. Es decir, necesitamos analizar y valorar si el descenso en la intención declarada, expresa en efecto un incremento de la decisión de no votar al PP o se debe en realidad a una subida del voto oculto al PP. Para ello necesitaremos más datos encima de la mesa y -sobre todo- entender que no es lo mismo intención de voto, intención declarada de voto, estimación de voto y comportamiento de voto.

El proceso como vértigo

Posted on 23 de junio de 2014

Ser vasco -o vasca, que en esto sí hay igualdad-, es básicamente un desasosiego. Si no estás avanzando, estás yendo para atrás. No hay manera nunca de estarse quieto en un lugar. Todo son fases, pasos, estaciones de tránsito. Nunca hay metas ni puntos de llegada, donde detenerse al fin y disfrutar de la quietud y del paisaje. Cuando -conscientes del cansancio- los guías fijan una meta para animar la marcha, es siempre un señuelo. Cuando llegas a ella enseguida te anuncian que no es más que un paso en un plan más grande. El pueblo vasco está dispuesto a disputarle al judío la categoría de elegido a base de caminar más que ellos. Cuarenta siglos si hace falta. A veces sospecho que el objetivo último de tanto movimiento no es más que mantener la inercia, ante el vivo temor de que si nos detenemos alguna vez no volveremos a movernos.

Viene esto a cuenta de «El proceso». Ése que parece ocupar nuestra marcha últimamente, aunque al mismo tiempo nadie se pone de acuerdo a la hora de adjetivarlo. ¿Proceso de qué?, ¿de paz?, ¿de liquidación de ETA?, ¿de re-so-lu-ción?… No parece que haya urgencia por aclarar este extremo, particularmente entre los distintos promotores de la marcha, acodados firmemente en la barra libre terminológica. Usted puede pedir un blanco que yo le serviré un tinto; la cosa funciona siempre que usted me pague un tinto, que cuando se lo tome con sus amigos haga como que se está tomando un blanco y, claro, que sus amigos le sigan el juego. Y aunque permitimos alegremente que nuestras niñas y niños nos acompañen a bares y tabernas mientras consumimos, no hay cuidado, están bien enseñados. Ninguno de ellos le señalará para anunciar lo obvio: que no es usted emperador, que está usted desnudo y que se está tomando un tinto.

De modo que uno vuelve a tener la impresión de que a lo único que obedece «El proceso» es a la necesidad autoimpuesta de imprimir movimiento. O ilusión de movimiento, que para el caso viene a ser lo mismo. Y así, en cuanto algún agente -una forma muy vasca de nombrar a los sherpas– detecta un parón en «El proceso», se convoca una marcha. O dos o tres, o las que hagan falta. Y lo importante no será el lema, ni si respetamos o no el silencio, ni siquiera con quién marchamos, sino mantenerse en movimiento. Run, Forrest, run.

Y es que hemos sustituido el verbo por la zapatilla y así no hay manera de ponerse de acuerdo. Lo peor es que parece que nos hemos acostumbrado a la falta de claridad y nos movemos bien en ella. Cualquiera puede decir cualquier cosa, porque luego siempre podemos decidir qué queremos entender de lo dicho. Si preguntamos a los agentes qué es «El proceso», no lograremos aclararnos porque cada uno nos dirá una cosa distinta. Lo único en lo que coinciden es en que es algo que avanza hacia adelante, que cualquier cosa que no signifique ir para atrás es buena, y que pararse y no hacer nada es malo, precisamente porque es ir hacia atrás. Y de ahí no les van a sacar. Hagan la prueba. Eso sí, pregunten a cada agente por separado y entonces verán florecer detalles y concreciones, todos ellos perfectamente incompatibles entre sí. Y me pregunto yo, ¿qué esperanza tenemos de que esta marcha nos lleve a algún sitio si ni los sherpas se ponen de acuerdo en el pico que vamos a coronar?

Peor aún. Conocida la aversión de los agentes a pararse, es posible que no lo hayan hecho ni siquiera para comprobar si alguien les sigue. Porque, ¿dónde está la ciudadanía vasca a estas alturas de «El proceso»? Pues a pesar de tanto movimiento en la cabeza, la sociedad vasca no se ha quedado atrás. Bien al contrario, avanza a toda velocidad y se encuentra ya unas cuantas leguas por delante de los agentes y de todos cuantos andamos a vueltas con «El proceso». Y es perfectamente lógico además. Pues, bien mirado, el movimiento en la cabeza es errático, como dando vueltas alrededor de un desierto. Sin alejarse nunca definitivamente del punto de salida, el final definitivo de la violencia de ETA, para asumir al fin después de tanto sufrimiento que la tierra prometida no es más, ni tampoco menos, que la normalidad. “La paz era esto”, resume Imanol Zubero, con la contundencia de la poesía a cincel de Gabriel Aresti. Una normalidad con carencias, como todas; con muchas tareas pendientes, por supuesto; pero una normalidad que lo es por habernos quitado de encima la losa que todo lo cubría, y en la que la ciudadanía vasca ni puede ni quiere vivir como si la losa siguiera ahí. La sociedad, la inmensa mayoría, ya está allí. ¿A qué esperan los agentes?

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En un estudio de opinión del Gobierno Vasco de hace un año, se preguntaba a la ciudadanía cuáles creía que debían ser los objetivos prioritarios del nuevo gobierno. A pesar de que podían dar hasta tres respuestas, menos de 1 de cada 10 mencionó entre ellas “la consolidación de la paz y la convivencia”. Muy por delante se encontraban la lucha contra el desempleo, la gestión de la crisis económica, combatir la corrupción y el fraude, pero también, el mantenimiento de la protección social, garantizar la sanidad y la educación públicas o la lucha contra los desahucios. Esta constatación no evitaba la formulación de dos preguntas adicionales a los sufridos encuestados. Una sobre los agentes que deberían intervenir en tal consolidación, y cuya respuesta se resume en un “pues todos los que me presentas”, aunque significativamente ETA y sus presos sean los últimos; y otra más sobre los hechos favorecedores de la tal consolidación, cuya respuesta nuevamente se resume en un “pues todos los que me presentas”, aunque significativamente el primero sea el de la disolución y la entrega de las armas por parte de ETA. Según el Anuario 2013 de la Opinión Pública Vasca, estas preguntas no volvieron a formularse.

La sociedad vasca se dio tanta prisa en llegar a la paz que la izquierda abertzale recogió muy pronto los frutos de la nueva situación, reuniendo a las primeras de cambio prácticamente a todo su electorado potencial, superando con mucho los resultados que jamás obtuvo mientras ETA mataba. Un éxito que para otros supuso una dolorosa constatación, pues entendían que ello significaba que la sociedad había perdonado “demasiado pronto”. Pero lo cierto es que también son esas prisas las que han dejado a la misma izquierda abertzale en completa soledad para gestionar el asunto de sus presos, algo que la mayoría entiende como una responsabilidad que solo a ella corresponde. Lo que ha ocupado a la sociedad vasca en este tiempo es alejarse a toda prisa del terror y del silencio, sin detenerse a mirar demasiado qué era lo que se llevaba por delante en su avance. Sin detenerse siquiera a considerar por lo que ha pasado y las profundas heridas que en el tejido social vasco han dejado tantos años de terror. Eso vendrá después. Restañar heridas es algo que todavía nos llevará tiempo. Pero es algo que haremos en la estación término, ésa en la que -con todos sus problemas- la sociedad está instalada ya, mientras algunos parecen empeñarse en gestionar, a voces y en portada, un espectro del pasado.

Es hora ya de abordar el final del terrorismo y sus secuelas como se hace en todas partes. Con menos ruido y menos protagonismos. Entre otras cosas para no herir ni insultar a nadie de forma innecesaria. A las víctimas en primer lugar. Y para favorecer también la descompresión de una sociedad demasiado habituada a mecanismos perversos para sobrevivir a la violencia sin romperse. Vivir en libertad es también un aprendizaje. Y justo lo que no necesitamos ya más son procesos que no muestran sino vértigo de futuro. La sociedad, la inmensa mayoría, espera allí.


Esta entrada fue publicada originalmente en el nº5 de Galde.

Las Primarias de Fierabrás

Posted on 28 de mayo de 2013

Entre las propuestas de regeneración política y democrática, las elecciones primarias se sitúan a veces demasiado cerca de lo que podríamos calificar como postureo reformista. «Que hagan primarias» viene a ser el nuevo «que cambien la ley D’Hondt». No es cuestión menor -como no lo es la reforma del sistema electoral- ni debiera echarse en saco roto. Pero -por eso mismo- debería evitar el trazo grueso y no soslayar su consideración a la luz de los objetivos que se persiguen, sus ventajas e inconvenientes, o las condiciones necesarias para que resulten realmente eficaces. El último ejemplo, importante por la personalidad de los firmantes y por el ruido mediático generado, es el Manifiesto por una nueva ley de partidos políticos, enseguida presentado como el “Manifiesto de los Cien”, mucho más pegadizo.

Lo peor en este tipo de iniciativas de rápido impacto mediático suele ser que, junto a la denuncia cierta de problemas graves y complejos, presentan invariablemente una esquemática propuesta de soluciones simples. En el caso que nos ocupa, el Manifiesto se resume en 7 puntos de reforma para que la Ley de Partidos incluya normas que -se subraya- son muy comunes en las democracias europeas. No se dice cuáles democracias europeas sean esas, ni siquiera cuando se afirma -con no mucho tino- que el problema específico del caso español es dejar el control a la autoregulación de los partidos. Pues bien, en el quinto lugar de ese listado aparece el nuevo mantra:

5.- Elección de los candidatos a cargos representativos por elecciones primarias

En su escueta formulación quizá parezca una sugerencia modesta dentro de la lista, pero si consideramos un momento su literalidad, percibimos su enormidad. En todos los partidos, todos los candidatos, a todos los cargos representativos, serán elegidos por elecciones primarias. Un cargo rerpresentativo es un concejal, por ejemplo. Un parlamentario autonómico. Un diputado. Ahí lo tienen: todos los concejales, todos los parlamentarios autonómicos, todos los diputados y senadores. Otrosí, todos los candidatos a todos esos cargos serán elegidos por elecciones primarias. The-Mother-of-God!

Cuando en mayo de 2010, David Cameron y Nick Clegg presentaron el programa de gobierno de la coalición liberal-conservadora, incluyeron también medidas de regeneración democrática. Entre otras, y a partir de las experiencias tories de Totnes y Gosport en 2009, la de promover elecciones primarias. En concreto, el programa se comprometía a financiar con dinero público elecciones primarias en 200 distritos, el 30% del total de escaños de la Cámara de los Comunes. La iniciativa se dirigía especialmente a los distritos conocidos como safe seats o bastiones electorales, fenómeno típico del sistema británico, donde encontramos muchos distritos que no han cambiado de color político desde la II Guerra Mundial y que prácticamente aseguran de por vida el escaño al parlamentario del distrito. El objetivo de regenerar la vida política, renovar el vínculo entre electores y elegidos, incentivar la accountability de estos últimos, encontraba así expresión concreta en el uso de elecciones primarias para promover la competición política -siquiera intrapartidista- allí donde apenas existía.

El ejemplo británico debiera servirnos para establecer dos premisas. Primera, es difícil inventar a estas alturas la pólvora, por la sencilla razón de que ya está inventada. Segunda, en la propuesta de reformas del sistema político, aun limitadas a este o aquel elemento, el diablo está siempre en los detalles. La cuestión no es «primarias sí o no», sino «primarias según y cómo». Abramos un diálogo y no le temamos a los matices. En términos de debate público democrático, lo pernicioso a mi juicio es plantear la disyuntiva en el abismo, entre el Don Tancredo inmovilista y el Niño del Quimicefa, siempre dispuesto a renovar el mantel de la abuela aunque sea calcinándolo. Asumir que tal o cual reforma tendrá efectos salvíficos, y desde luego será mejor que lo que (no) hay, sin considerar los equilibrios que altera -o los nuevos que promueve- en otras partes del sistema, suele ser camino abonado al fracaso. Es exigible, por tanto, entrar en los detalles. Veamos algunos.

La iniciativa del gobierno británico estimaba el coste para las arcas públicas en 8 millones de libras (40 mil libras por distrito). Tenemos aquí dos precisiones. En primer lugar, las elecciones primarias cuestan dinero; y cuanto más “democráticas” sean, más caras serán. En segundo lugar, se opta por una financiación pública de las primarias. Si lo que se pretende es imponer por ley la realización de primarias, parece lógico pensar que en ese marco su organización y financiación serían públicas. En México, sin embargo, las primarias fueron adoptadas voluntariamente por el PAN y el PRD como una forma de diferenciarse en calidad democrática del PRI, que no las utiliza. Así, su financiación y organización es particular a cada uno de los partidos, lo que en ocasiones es fuente de conflicto y polémica en relación a las garantías y la limpieza del proceso.

El caso es que es esta una manta corta, con tres inquilinos y ninguno en el medio. Si se pretende que arrope por el lado de debilitar el control de los aparatos, la financiación no puede estar en manos de los partidos. Si -para evitar el control partidista-, se opta por una financiación y organización públicas, añadimos una fuente de gasto en el mismo momento en que se dice que la política y los partidos son caros. Si, por último, para evitar gasto público, se deja la búsqueda de financiación a los candidatos individuales -caso de Estados Unidos- aun cuando la organización y control de las primarias sea pública para una mayor garantía, el problema es entonces dirimir hasta qué punto son los financiadores quienes deciden los candidatos y no al revés. Interrogantes todos ellos que no pueden resolverse en una noche de amores primarios, sobre todo si carecemos de experiencia.

La propuesta de Cameron y Clegg no ha tenido de momento mayor recorrido -las próximas elecciones legislativas tendrán lugar en 2015-, de modo que la mejor pista sobre las primarias en Reino Unido se encuentra en el documento de campaña del partido conservador, Big ideas to give Britain real change, que perfilaba nueve reformas políticas, la segunda de ellas la adopción de primarias. Además de la financiación pública, se establece que las primarias serán abiertas a todos los electores del distrito (no solo a militantes), el comité local del partido admitirá un máximo de 4 candidatos a primarias, y la campaña tendría una duración de 20 días y un límite de gasto para cada candidato de 200 libras. Todo ello (pre-selección, campaña corta, etc.), plantea serias dudas acerca del efecto real de las primarias sobre la endogamia y el control del aparato en la selección de las candidaturas. Por contraste, en México, con un contexto político y partidista muy diferente y con opciones casi diametralmente opuestas en relación a las primarias, Kathleen Bruhn observa efectos contrarios a los buscados originalmente, resultando en una peor selección de candidatos y en mayores incentivos a la corrupción.

¿Quiere esto decir que debiéramos abandonar la idea de las primarias? En absoluto. Es suficiente con dejar de pretender que conocemos el bálsamo de Fierabrás y que si no se aplica es por culpa de los de siempre. Es obvio que en toda Europa -en unos sitios más y en otros menos- además de la crisis económica vivimos una crisis política en su triple vertiente institucional, de actores (sobre todo los partidos) y ciudadana. Es obvio también que su solución no vendrá sin más de la mano de aligerar las apreturas económicas, y que es necesario acometer una profunda reflexión y un amplio programa de reformas políticas. Pero no dejemos la impresión tecnócrata, tan en boga, de que con apretar unos tornillos -a los partidos- desaparecerán nuestros problemas. Entre otras razones, porque vuelve a situar la responsabilidad de la política en los partidos, origen de muchos de nuestros males.

Si, para finalizar, volvemos a considerar el objetivo de las elecciones primarias, ¿no sería más sencillo modificar la ley electoral en lo referente a la forma de votación, de modo que aun conservando las listas se contemple alguna de las variantes de voto preferencial? Claro que en ese caso, cuando nos preguntásemos sobre las condiciones para que fueran eficaces, no nos bastaría con adivinar la maldad partidista en la confección de listas, sino que habríamos de considerar también qué hacen los medios con la información política y electoral y/o qué hacen los ciudadanos con el voto. Los partidos se han anquilosado y deben cambiar. Cierto. Pero no solo ellos.


Esta entrada fue publicada originalmente en Agenda Pública.