En el escenario de precampaña vasco, la cuestión sobre «qué significa ganar las elecciones» ha venido a robarle foco a la más poética del «a qué huelen las nubes». Esta vez el malabar de la lista más votada ha cedido protagonismo al de la lista con más escaños. Todos saben cómo se juega a esto y que la torre no puede moverse en diagonal. Pero siempre hay quien se hace de nuevas y simula que el asunto puede ser degustado a conveniencia: medio menú y café completo. La técnica eccehomo (vulgo, «borrón-y-como-nuevo») no es novedad en política y siempre ha sido posible ver churros donde antes había meninas  Por eso mismo, quizá conviene -también aquí- restaurar el original sin renunciar a los borrones, que -como vedettes picantonas- enseñan cuando tapan. ¿O era al revés? ¡Ah! Ya estamos con las nubes otra vez…

En política todas las victorias son efímeras y todas las derrotas provisionales (Manuel Fraga Iribarne)

Al trapo, ¿existe algún criterio con validez universal para declarar la victoria electoral? Para responder a esta pregunta conviene recordar el objeto de las elecciones. No descubrimos nada nuevo si decimos que las elecciones sirven para elegir a alguien. De modo que el criterio es sencillo: ganan quienes son elegidos y pierden quienes no lo son. En las elecciones presidenciales norteamericanas, por ejemplo, se presentan dos candidatos a un único puesto –Obama y Romney- y es evidente que resultará ganador quien sea elegido. Así, podríamos decir que en las elecciones al Parlamento vasco habrá 75 ganadores -tantos como el número de puestos a elegir- y la derrota será para quienes presentando candidatura no resulten elegidos.

¿Se-ten-ta-y-cin-co? Sí, setenta y cinco victorias. Debajo de todas las capas de pintura posteriores, ése es el original. Ciudadanía, periodistas y partidos, no precisamente en ese orden, nos hemos empeñado en transformar la competición electoral en un concurso televisivo que identifique un ganador. Y solo uno; incluso cuando se compite por más de un puesto. No nos gustan las victorias -ni las derrotas-, preferimos la victoria, en singular, mucho más épica y cinematográfica. Pero en el camino hemos perdido de vista a quiénes elegimos y para qué. Y así, se presentan unas elecciones parlamentarias como si fueran presidenciales, mientras nos ponemos dignos y le echamos la culpa a la telebasura, esa que «no-nos-representa». ¿Y cómo van a representar después quienes son tenidos por meros figurantes en la función electoral? Pues con mucha sencillez. O con mucha simpleza. Lógicamente.

Sea como fuere, no podemos zanjar la cuestión rechazando sin más la simplificación del proceso electoral bajo el prisma de una victoria que olvida las verdaderas victorias. Ahora bien, la victoria tampoco puede significar cualquier cosa. No puede ser que -con el señuelo de la claridad- cambiemos setenta y cinco victorias por una, y al final resulte que todos pueden declararse ganadores, incluso quienes no son elegidos.

El encuadramiento partidista de votos y candidaturas, notable retoque posterior de la representación electoral original, nos brinda una vía para designar la victoria en singular. Si, a pesar de los borrones, seguimos entendiendo que las elecciones sirven para elegir a alguien, parece lógico pensar que será ganador el partido o coalición que más electos tenga. ¿Significa eso que los escaños son más importantes que los votos? Ya lo he dicho, lo relevante de cualquier elección es resultar elegido. Para ello, los votos son imprescindibles y primer ingrediente del resultado final, pero solo uno de ellos. Todos los participantes saben esto antes de empezar el juego. Por eso es excusa de mal pagador venir después con  la lista más votada o que D’Hondt ya no me quiere ni me llama.

Nadie cante victoria aunque en el estribo esté, pues aún estando en el estribo se puede quedar a pie (Anónimo)

Con todo, sigue siendo dudoso que tener más escaños signifique por sí mismo la victoria. En primer lugar, porque no hay victoria sin derrota, y difícilmente cabe calificar de derrota que los votos de los demás ganen escaños. Que un partido con pocos votos gane pocos escaños es lo lógico, lo absurdo sería que obtuviera muchos con pocos votos. Por eso no decimos que un partido pequeño está condenado a perder las elecciones por el hecho de que vaya a lograr pocos escaños. Caso diferente es cuando los votos, muchos o pocos, no logran ninguna recompensa y se pierden en el recuento sin traducirse en escaños. Eso es una derrota electoral en toda regla. Y es lo que ocurre en los sistemas mayoritarios: unos votos ganan y se lo llevan todo, otros votos pierden y no se llevan nada. Pero en los sistemas -más o menos- proporcionales, lo que se produce es un reparto de escaños -más o menos- similar a la distribución de los votos entre partidos.

Pero además, y más importante aún, el objetivo de ganar escaños no es el de acumular asientos o hacerse con la partida más grande de ipads nuevos, sino ser determinantes en la composición del gobierno y/o en la elaboración de leyes y políticas durante la legislatura. Por ello, el resultado electoral en escaños, más que en términos de victoria o derrota, debe ser visto como el final de la ronda clasificatoria que fija la parrilla de salida para la verdadera carrera, que empieza a partir de entonces y a la que deberíamos seguir atentos. Y ya sabemos que la pole position no asegura la victoria. El trámite para la elección de Lehendakari está fijado de antemano, es conocido. Las mayorías necesarias para su elección, para la aprobación y bloqueo de decisiones, también. Así que, ya saben, menos samba y más aritmética.


Spoiler: A despecho del storyboard que la mayoría de medios, y algún entero, se han propuesto vender en la previa de la campaña, la verdad es que se me antoja muy previsible que EAJ-PNV se alzará con la primera posición en votos… y también en escaños. Pero para determinar la victoria (y el cariz de una legislatura que se anuncia complicada), la clave no estará en ver cómo se resuelve la pretendida pugna por la cabeza, sino en saber si EAJ-PNV logrará sumar 38 escaños con cualquiera de estos tres: EH Bildu, PSE-EE, PP. Si con alguno de ellos la suma falla, la victoria esperará en el alero… para que la retoque Cecilia.

Hasta la victoria, siempre (Che Guevara)

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