No hace falta vestirse de dospuntocero con chorreras para comprender que la campaña electoral no puede ser concebida de forma unidireccional: yo te arengo, tú te excitas, ella también; nosotros os arengamos, vosotros nos votáis, ellos igual. Los contenidos comunicativos de la campaña no se resuelven con una acertada elaboración de ideas-fuerza y mensajes que sinteticen las posiciones y propuestas, o el agenda-setting hacia el que conviene atraer la atención periodística y el debate político. Inevitablemente, tus mejores ideas se enfrentarán a un entorno que no se está quieto y que obliga a reajustar constantemente la campaña. El diálogo interactivo con el entorno es así parte de la campaña; no basta con meter (mucho) ruido, es necesario escuchar y comprobar que en el eco no se distorsiona tu brillante plan inicial.

Hay tres espacios fundamentales para ese diálogo: la opinión pública, los acontecimientos políticos y la campaña electoral de los demás. Todo ello repercute en el desarrollo de la campaña, en el modo en que llega al electorado y en su eficacia. Por tanto, su seguimiento es primordial, aunque quizá sea aún el componente menos profesionalizado de la campaña por estos lares, a diferencia de lo que ocurre -por ejemplo- con la publicidad electoral. El caso es que no importa cuán acertado parezca el diseño de campaña a priori; toda ella es una fase de pruebas, que requiere seguir ajustando permanentemente las piezas en función de su interacción con el entorno. Una buena concepción previa de la campaña no busca evitar esos ajustes, sino impedir que se conviertan en movimientos erráticos, sin más identidad que la búsqueda (desesperada) del voto.

Hace un año, muchos hubieran apostado a que la próxima campaña al Parlamento vasco giraría en torno al final de ETA, por un lado, y a la pugna por la hegemonía en el espacio abertzale, por otro. Sin embargo, ya entonces había razones para pensar que sería demasiado tarde para lo primero y demasiado pronto para lo segundo. Y no solo por el protagonismo que ha ido cobrando la crisis económica, muchas veces contra el juicio de políticos, analistas y portadas en Euskadi que, entregados a un discurso circular sobre lo «realmente importante», olvidan los padecimientos de muchos, bajo paletadas de una autocomplacencia que busca datos peores en otros lugares.

Comprender que esta vez sí, que ETA desaparecía al fin del escenario, ha dado inicio a una carrera por ver quién llegaba antes a ese futuro en el que la propia ETA y toda la violencia con la que hemos convivido cotidianamente -sobre todo en los últimos 20 años- no sea más que un pálido recuerdo. Y no estoy hablando de los partidos, estoy hablando de la sociedad vasca. «Pasar página» está siendo en Euskadi mucho más que una frase; es una actitud vital, que probablemente encaja como un guante en la propia estrategia de supervivencia social de todos estos años: lejos de lo que está cerca. Fuera cual fuera la víctima; fuera cual fuera el sufrimiento. Una actitud que quienes no han podido o no pueden alejarse, tachan -lógicamente también- de injusta.

Para la izquierda abertzale, el olvido apresurado ha facilitado un inmediato éxito electoral: en la primera ocasión que ha tenido, ha agrupado a prácticamente todo el electorado al que podía llegar de forma natural, si -y solo si- desaparecía ETA. Por el contrario, en cuestiones como los presos, y por el mismo apresuramiento, está mucho más sola de lo que pretende. La sociedad sigue corriendo, sigue pasando páginas a toda prisa, sigue tratando de alejarse. Por todo ello, no quedan apenas tantos para nadie en ese marcador, ni a favor ni en contra. Es ya demasiado tarde para que ésta sea la campaña del final de ETA. Ésa fue la de 2009, cuando no lo sabíamos, cuando no lo podíamos creer, que es seguramente la única forma en que algunos finales llegan.

Por otro lado, el rápido éxito electoral de la izquierda abertzale, alimentó la idea de que ésta sería una campaña por la hegemonía en el nacionalismo vasco. Creo sin embargo que para esa pugna es demasiado pronto. El crescendo que debía haber culminado en las próximas elecciones, fue trastocado por el éxito temprano de la acumulación de fuerzas. Incorporando una sigla más a la coalición, y con una participación electoral cuatro puntos mayor, Amaiur apenas sumó 10.000 votos a los que ya había logrado Bildu en mayo de 2011. Eso significa que para crecer ya no es suficiente agrupar fuerzas, sino que hay que adentrarse en el terreno del adversario. Y eso, o sobran las fuerzas, o se hace a tientas. Por eso, es muy posible que esta campaña de EH Bildu suponga un salto cualitativo aún mayor respecto a los contenidos y formas habituales de la izquierda abertzale. Y si no quieres caldo, toma dos tazas. Lo cual es siempre una operación de riesgo, aunque cuenta con la ventaja de que -por más que se difuminen otros perfiles- ello no le supondrá desgaste entre unas bases electorales motivadas ahora por «la victoria». Ése, de hecho, pasa a ser el argumento central. Y sin embargo, ahora mismo, son muy pocos los vientos a favor de que EH Bildu logre plantear una verdadera disputa por la hegemonía electoral en el campo abertzale. Me parece más bien que esa disputa empezará a plantearse, y en términos políticos, a partir del día después de las elecciones.

Con todo, la opinión pública, los acontecimientos políticos y los intereses de los partidos, han conspirado para situar la campaña en términos muy diferentes a los de un debate político polarizado en torno a la paz o a la soberanía. Pero cuando todo parecía al fin decidido, llegó la Diada Nacional de Catalunya «y mandó a parar». O algo así. A ello me referiré en la segunda parte de este artículo.

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