Decía en la primera parte de este artículo que, dejando a ETA atrás -y para otro momento la disputa soberanista-, la campaña electoral en Euskadi se perfilaba en torno a la crisis, su creciente número de damnificados y la búsqueda de la recuperación económica. No solo la magnitud de la crisis explicaba el giro operado respecto de las previsiones de hace solo un año. También los objetivos electorales de los partidos han jugado a favor de esa modificación. Entre otras razones, porque es tiempo de pedir el voto y nadie quiere correr el riesgo de alentar una desafección partidista de resultados inciertos en partes sensibles del electorado de todos ellos.

Así, la gestión de la crisis y sus consecuencias, la política fiscal y la promoción económica, los servicios sociales y el sector público, o la propia organización institucional, han sido más determinantes a la hora de buscar un perfil en la parrilla de salida: la «gestión eficaz» de Urkullu, la «gestión solidaria» de López, la «gestión responsable» de Basagoiti, o la «gestión alternativa» de Mintegi. De pronto la política era gestión y a nadie le parecía mal. Oh my, oh my! Y todo empezó como en una de esas escenas de pingüinos al borde de un ataque de nervios, que se amontonan curiosos al borde del agua sin atreverse a saltar, hasta que uno resbala y se desata el delirio: «¡gestión!, ¡gestión!, ¡gestión!».

De cara a la campaña, el PNV se encuentra a gusto en ese eje. Goza de crédito más allá de las fronteras de su electorado más estable -suficientemente motivado ya por la perspectiva de «recuperar» Ajuria Enea-, de modo que centrar el debate en torno a la gestión le permite frenar cualquier tentación saltimbanqui y al mismo tiempo atraer a otros electores que confían en su sello de buen gestor. Por su parte, el PSE ha encontrado aire político en el debate sobre la gestión de la crisis. Subraya su posición de gobierno, le aleja del que para una parte de los suyos es el pecado original, e introduce eficazmente el modo de gestionar la crisis, acentuando un perfil socialdemócrata que incentive a su electorado más desmovilizado.

El PP vasco ha perdido enteros en ese debate en los últimos meses, al acusar la impopularidad de las medidas del Gobierno de Mariano Rajoy; a pesar de ello, sigue encontrando más posibilidades de alianzas en ese ámbito que en cualquier otro, objetivo fundamental de la línea estratégica de Antonio Basagoiti de no permitir de nuevo el aislamiento de su formación en el tablero político vasco. Por fin, EH Bildu ha encontrado en el debate sobre la gestión una oportunidad de marcar vocación y perfil institucional autonómico, sin tener que enfrentar las contradicciones que ese viraje podía plantear al discurso más característico de la izquierda abertzale hasta no hace mucho.

Y en eso llegó la Diada. Y su lectura –in crescendo en los días siguientes- en clave de ruptura nacional catalana. Y Artur Mas que se pone delante. «Y todos detrás, President, a ver dónde nos lleva». De momento, lo seguro es que el adelanto electoral del 25 de noviembre va a seguir alimentando su relevancia en el debate político, con muy pocas probabilidades de que ni prima de riesgo ni rescate, logren arrumbarlo a terrenos más templados. Así que cuando el contencioso vasco bajaba decibelios, hete aquí que la cuestión catalana no solo animó tertulias y despertó de su sueño al federalismo, sino que se proyectó sobre el escenario político vasco y sobre una campaña electoral que se dirigía a la pista de salida por un carril muy diferente. Y para muestra un botón del programa electoral de EH Bildu (Año I antes de Mas), que habla por sí solo:

 demandamos la competencia para organizar un sistema penitenciario propio […] Es importante visualizar esta competencia en el departamento de Libertades Ciudadanas como expresamente desvinculada de su clásica incardinación en el departamento de Interior

Pero la Blitzkrieg de Mas está condicionando ya de hecho una reorientación decisiva de la campaña electoral vasca. El desvío del eje de campaña provocado por su impacto, con los focos apuntando a PNV y EH Bildu, parecería sugerir un revulsivo para las opciones abertzales. Sin embargo, se olvida a veces que en el resultado electoral, tan importante como movilizar los votos propios, lo es también no incentivar el de los demás. Quizá el órdago de Mas constituya un aliado político del nacionalismo vasco en el futuro, quizá; pero en el corto plazo electoral, bien puede convertirse en un estímulo de voto no abertzale.

Por motivos distintos, tanto PNV como EH Bildu podían contar con tener su voto muy movilizado. Su campaña podía así dirigirse a otros sectores aledaños, para convencerles de que esta vez les votasen. Con el viento a favor, sobre todo para PNV, una campaña de persuasión tranquila era sin duda la mejor opción. Las cosas eran distintas para PSE -con una desmovilización notable en las últimas convocatorias-, y para PP, que podía resentirse ahora del desgaste de Rajoy. Pero provocar por su parte un debate soberanista para estimular a su electorado, era una operación de riesgo. De modo que PSE seguía remachando el clavo socialdemócrata -que venía preparando hace meses-, mientras PP tenía más dificultades para encontrar su perfil electoral bueno.

Pero el elefante catalán entra en tromba y el PP vasco, el más necesitado de un cambio, es el primero en entender que se presenta una oportunidad. Sin tirar los puentes, intenta colocar el elefante entre su electorado potencial y el cartel del PNV gestor. Si modula bien, puede obtener réditos: potencia el mensaje que trataba de colocar desde el principio –«aunque sea para que gobierne PNV, es necesario que contemos»-, puede ser un incentivo de movilización para los más desencantados, y le da un respiro en el «todos contra Rajoy».

El referente Mas, no solo en clave soberanista sino también de política económica, también le sirva al PSE para atacar la imagen de gestión que esgrime PNV, incluso de forma más eficaz que el empeño por identificar PNV y PP. Corre el peligro de que a partir de un ataque compartido en base al affaire catalán, se identifique un eje PP-PSE, rechazado por buena parte de sus probables electores. Para evitarlo cuenta con la inercia del enfrentamiento con Rajoy de los últimos meses -y la mediática ruptura de Basagoiti- de modo que su «dique de contención» podría diferenciarse en una clave de izquierdas. Incluso EH Bildu puede estar reconsiderando su campaña amable, si percibe que no logra arrebatar electorado a PNV. Y quizá no tanto porque con el señuelo catalán sí lo consiga, como por dificultarle la acumulación de otros votos incentivando el perfil abertzale de la campaña.

El PNV es el más perjudicado por la entrada en escena del elefante catalán. Tenía la campaña de cara y le bastaba con dejarse llevar para exhibir su mejor perfil. Será el más interesado en amortiguar el impacto, reconduciendo la campaña al debate de la gestión, con el referente único de Euskadi y la carta de su liderazgo institucional hasta la última legislatura. No le será fácil y alternativamente puede esperar, o provocar, un error por exceso en sus contrincantes, tratando de hacerse con la imagen de centralidad. En cualquier caso, será el reparto de 4 ó 5 escaños, no más, el que puede alterarse en la campaña en base a estas claves. Pero 4 ó 5 escaños que, dependiendo de sus destinatarios, pueden significar todo un mundo a partir del 22 de octubre. Empieza, otra vez, una campaña apasionante.

Anuncios