En 1917, dos topógrafos ingleses se presentaron en el pueblo galés de Ffynnon Taf para medir la altitud de Garth Mountain. Como quiera que el resultado de sus mediciones concluyó que -aunque por poco- su altura no llegaba a los 1000 pies requeridos para ser considerada una montaña, los topógrafos ingleses rebajaron a Garth Mountain a la categoría de colina. Heridos en su orgullo, los lugareños se sirvieron de su astucia para devolver a Garth a su condición de montaña. Cuando el inglés repitió la medición, el resultado fue de 1002 pies. Muchos años más tarde, Christopher Monger -natural de Ffynnon Taf y que había oído a su abuelo contar esta historia muchas veces- relataría los hechos en una novela y una película tituladas «El inglés que subió una colina pero bajó una montaña» (1995).

Viene esto a cuento del empeño que algunos ponen por conseguir que las encuestas en campaña midan colinas donde hay montañas, o viceversa, pensando que de ese modo -o del otro- la bolita caerá de su lado. Empeño en mi opinión absurdo, pues es como tratar de adelantar el verano acercando un mechero al termómetro. Pues bien, me propongo desnudar a su nuevo dios. De modo que si son ustedes sensibles, les recomiendo que abandonen la sala ahora mismo y no enfrenten la horripilante visión de tanto viento para tan poco buñuelo.

Para aligerar la exposición del truco recurriré a la técnica del zoótropo, pues en el movimiento suele ser más obvia la intención que se agita en bambalinas. Mostraré por tanto la sucesión de los titulares estáticos de una encuesta electoral en Euskadi de hace ya algunos años, con la intención de desvelar su finalidad -y su futilidad- en el movimiento. Poco importa ahora el año o la candidatura concreta a la que se refieren. Los titulares del tracking -encuesta de seguimiento diario- que da contenido a nuestro show, de gran éxito en su tiempo aunque por pudor no daré el nombre ni de la vedette (la encuestadora) ni del productor del espectáculo (el medio de difusión), son todos ellos ciertos y verdaderos en su absoluta literalidad. Para no despistarnos con banderías, he sustituido tan solo las menciones al candidato, o a su partido, por un vasco particular: aquél que subió una colina pero perdió una mayoría absoluta.

  • Día 1: El vasco que subió una colina arranca la campaña con mayoría absoluta
  • Día 2: El vasco que subió una colina mantiene la mayoría absoluta
  • Día 3: El vasco que subió una colina refuerza su mayoría absoluta

Arranca… Mantiene… Refuerza… Esto es material de primera, oiga. La estructura sintáctica es un tanto repetitiva, de acuerdo, pero a cambio la tensión dramática se concentra en una acertada selección verbal. ¡La escabechina que podría haber montado Sam Peckinpah si este guión cae en sus manos! El crescendo llega hasta el posesivo de la tercera entradilla: «su» mayoría absoluta. No ha habido elecciones aún, pero la mayoría absoluta ya es suya. Como alguien se la quite, aquí va a haber algo más que palabras…

  • Día 4: Primeras dudas sobre la mayoría absoluta del vasco que subió una colina

¿Qué les acabo de decir? ¡Pri-me-ras du-das! ¿No huelen la sangre desde ahí? Incluso ahora, después de tantos años, el titular del cuarto día me sigue sobrecogiendo. Que digo yo que lo de «primeras» se lo podían haber ahorrado; a no ser -claro- que supieran ya de antemano que vendrían más dudas después, como para tenernos sobreaviso, por si padecíamos del corazón o algo.

  • Día 5: El vasco que subió una colina  pierde el segundo parlamentario en dos días

¡Recordones!, ¡2 parlamentarios vaporizados en 2 días! Hagan algo, por dios, metan sexo, o algún turbio asunto en los bajos fondos, o más sexo, pero hagan algo, rápido, que esta campaña se nos va…

  • Día 6: El vasco que subió una colina recupera un escaño y vuelve a situarse en la mayoría absoluta
  • Día 7: El vasco que subió una colina en el borde de la mayoría absoluta

¡Mierda, escogí un mal día para dejar de fumar! Nuestro héroe se ha recuperado, está otra vez en el borde de la mayoría, pero contemplando el abismo y todo indica que volveremos a caer con él. Y aquí arriba no venden tabaco. No alarguemos lo inevitable, vayamos directamente a la entradilla del último día en que estaba permitido publicar sondeos:

  • Día 10: El vasco que subió una colina se quedaría a cuatro escaños de la mayoría absoluta y lograría tres menos que el pasado viernes

Surprise, surprise, ¡quién nos lo iba a decir! En el momento de la verdad, nuestro héroe se desfondó. Más bien le desfondaron con una mayoría absoluta que en ningún momento estuvo en condiciones de obtener. Todo el asunto de la mayoría absoluta se debía únicamente a un juego de colinas que se convertían en montañas, para acabar siendo nuevamente colinas. La cambiante elevación del terreno no se produjo en ningún momento, el vasco de la historia estuvo siempre subiendo una colina. Veamos el zoótropo en movimiento:

… arranca la campaña con mayoría absoluta / mantiene / refuerza / primeras dudas / pierde el segundo  / recupera / en el borde / pierde tres escaños / a cuatro escaños de la mayoría …

No son más que titulares dando vueltas. Ni arrancó la campaña con mayoría absoluta, ni perdió tres escaños el fin de semana. ¿Y tanto viento para qué? Cualquiera sabe. Razones hay muchas, algunas bien fundamentadas, otras bastante más livianas. Entre éstas destaca -por su recurrencia- la de atribuir un efecto mágico a las encuestas según el cual la gente decide votar -o incluso a quién votar- en función de los resultados que anuncian. Es esta una creencia que comparten tanto los aprendices de brujo que lo intentan, como las plañideras que lo denuncian con alharaca.

Lo curioso del caso es que hay más denunciantes que delitos. De hecho, unos datos que son vistos con total naturalidad, pasan a convertirse en las llaves del infierno solo al conocer su autoría o el medio en que se han publicado. Hagan la prueba. La otra curiosidad del caso es que la gente influenciable son siempre los demás, todos ellos buena gente pero sin criterio. En una palabra, idiotas. Solo nosotros estamos a salvo y por eso somos los únicos capaces de detectar todas las artimañas. Si Miguel de Cervantes viviese hoy, Don Alonso Quijano sería un tipo sentado frente al ordenador, empeñado en descubrir para el mundo la burda manipulación de todas las encuestas que no dicen que los suyos son los mejores, los más listos y los más guapos. Pero hoy como ayer, en su delirio, sería incapaz de percibir que no son gigantes lo que alancea, sino molinos de viento.

Porque, vamos a ver, ¿cómo es posible que un efecto tan indubitado sea al mismo tiempo tan veleta? Con las encuestas ocurre que tan pronto se dice que movilizan el voto a favor del caballo ganador, como que inducen a la abstención al darse por segura la victoria. Más importante aún para relativizar su supuesto efecto mágico, es caer en la cuenta de que ninguna escribe sobre un folio en blanco. En su pretendida intencionalidad, tropezará con otras que pueden decir cosas distintas, sometiendo así a discusión pública sus conclusiones. A pesar de la perversión direccional del periodismo de tribuna, es más ajustado pensar que esa discusión se desarrolla en un frontón de paredes irregulares, con varias pelotas rebotando a la vez, mientras público y jugadores tratan de recabar información -siempre incompleta- para decidir cuál es la bola buena, cuál la jugada decisiva y cuál la apuesta ganadora. Si alguien no puede seguir el partido en esas condiciones, que se levante y se vaya, pero que no le eche la culpa al color del frontis.

Las encuestas no son una versión actualizada de la técnica Ludovico. Nadie suspende su juicio y albedrío por enfrentarse a la visión de sus datos. Las encuestas solo nos aproximan, siquiera parcialmente, a un actor que no puede ignorarse en la sociedad actual: la opinión pública. Aunque pueda ser cierto que al tiempo que damos cuenta de ella, la modelamos de alguna forma, ni lo es de forma tan simple como algunos suponen, ni desde luego lo es en grado mayor a unas elecciones, una portada periodística, un referendum o una medición de audiencias. Por más que se empeñen los aprendices de brujo o sus alarmados críticos, los resultados tabulados de una encuesta no ponen la realidad a su dictado sino que dan cuenta, mejor o peor, de una parte de ella. En la tarea de dictaminar realidades por decreto, tienen menos probabilidades de éxito que Don Vito y la revuelta en el frenopático: «mañana sol y buen tiempo».


Nota: El vasco que subió una colina hacía referencia a Juan José Ibarretxe y la campaña electoral era la de 2005.

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