«A despecho del storyboard que la mayoría de medios, y algún entero, se han propuesto vender en la previa de la campaña, la verdad es que se me antoja muy previsible que EAJ-PNV se alzará con la primera posición en votos… y también en escaños. Pero para determinar la victoria (y el cariz de una legislatura que se anuncia complicada), la clave no estará en ver cómo se resuelve la pretendida pugna por la cabeza, sino en saber si EAJ-PNV logrará sumar 38 escaños con cualquiera de estos tres: EH Bildu, PSE-EE, PP. Si con alguno de ellos la suma falla, la victoria esperará en el alero… para que la retoque Cecilia».

Así finalizaba el primer pasito de este blog, justo un mes antes de la celebración de las elecciones al Parlamento vasco del pasado domingo, 21 de octubre. Con los datos en la mano, podemos ya responder en el terreno práctico a la pregunta que entonces se formulaba. ¿Quién ha ganado las elecciones? Es ya claro que las cábalas sobre si la victoria reside en el número de votos o en el número de escaños han dejado de tener sentido, pues el titular en uno y otro caso es EAJ-PNV. En realidad, la campaña y los resultados han evidenciado que aquél era un debate fundamentado en la épica de la acumulación de fuerzas en torno a la izquierda abertzale, y en su continua progresión casi sin final previsible, desde el alto el fuego de ETA. No había demasiados datos que avalasen la tesis, pero se convirtió pronto en moneda corriente y fue el punto de partida de muchos análisis y crónicas.

Aunque tengo mis dudas, quizá el argumento de esa victoria frente al PNV fuera el último revulsivo que le quedaba a la izquierda abertzale para cerrar este ciclo electoral, tratando de provocar un movimiento que le diera un empujón final. Porque lo cierto es que el completo éxito electoral de la primera batalla, las forales y municipales de mayo de 2011, le había dejado prácticamente sin margen para la épica ascendente, aunque se disimulase con la traca de Amaiur en las generales de hace casi un año. Ya no quedan territorios inexplorados, y a partir de aquí el terreno hay que ganárselo al adversario, lo cual requiere de paciencia y muchos equilibrios, tratando al mismo tiempo de no perder el conquistado. En definitiva, un terreno de marcha más lenta y poco propicio para los cantares de gesta. Para conjurarlo, la victoria se convirtió en el argumento principal y condicionó una campaña que a mi juicio no acabó de encontrar el tono por eso mismo. El mayor problema, no obstante, fue encerrarse en un juego de expectativas que acabó pasando factura la noche electoral, haciendo pasar por derrota lo que era —con matices— un buen resultado. Con la mala fortuna añadida, además, de que los sondeos a pie de urna fallaron y alimentaron durante una hora más la posibilidad —al menos— del empate técnico.

De modo que por ese lado el ganador está claro. El PNV superó el reto propuesto por la propia EH Bildu, y lo hizo con autoridad: le batió en Alava, mantuvo las distancias en Bizkaia y le disputó la victoria en lo que se presentaba como su feudo inexpugnable, Gipuzkoa. A todo ello contribuyó también el hecho de que PNV venciese la pugna con PSE-EE, y con PP, en relación a las incertidumbres económicas, sociales y/o soberanistas, de que mutuamente se acusaban respecto de la gestión de la crisis. En suma, PNV obtiene 27 escaños y gana con el mejor resultado en solitario desde la escisión de 1986 (abstracción hecha del resultado de 2009, por la anulación de los votos dirigidos a la candidatura de la izquierda abertzale).

Pero como señalaba en el párrafo citado, en mi opinión la clave real de la victoria no era ésa, sino  las alternativas en la suma de mayorías en el tablero parlamentario. En concreto, que EAJ-PNV pudiese conformar mayorías con cualquiera de los otros tres, sin que en ninguno de los casos pudiera constituirse una mayoría alternativa. Dando por hecho que la suma de sus escaños con los de EH Bildu, o con los de PSE-EE, alcanzaría la mayoría absoluta, el escenario de pesadilla para PNV era aquél en el que la suma de EH Bildu y PSE-EE fuera mayor a la suma del propio PNV con el PP. Porque de ese modo, la posición negociadora de aquellos se fortalecería ante la posibilidad de conformar no un gobierno pero sí una pinza en la oposición. Ese escenario se ha evitado, aunque ciertamente no de la forma más simple, en una nueva muestra de que la realidad es siempre más compleja que cualquier trama de ficción: para superar a la suma de EH Bildu y PSE-EE, además de los escaños del PP, entra en juego el único escaño obtenido por UPyD. Suele ser complicado depender de una opción minoritaria para lograr mayorías, porque muchas veces son las más exigentes —e inestables— a la hora de prestar su apoyo.

No es el peor escenario para la posición negociadora de PNV, aunque tampoco el mejor. Lo mismo cabría decir del resto de opciones, cada una desde su perfil y posición, de cara a la próxima legislatura. Mientras no se cierre un acuerdo estable, ninguna es totalmente imprescindible, ni tampoco lo contrario. Así, todas ellas deberán jugar muy bien sus cartas para maximizar los réditos que esperan obtener de su posición. De momento, la victoria le da un margen suficiente a PNV para reclamar la centralidad en la posición negociadora, lo cuál puede servir de base a un gobierno en solitario. Eso sí, el impacto creciente de la crisis económica y de la debilidad financiera del Estado, la diversidad territorial en órganos de poder fundamentales como las Diputaciones, y las relaciones e intereses de cada uno de los partidos, pueden acabar por pintar un escenario que no emborronará la victoria de PNV, pero que le presionará a optar por un eje de relación mientras maniobra para tratar de implicar a todos y mantener la autonomía del timón. Veremos cómo se resuelve.


Mientras tanto —en otra parte de la galaxia— Artur Mas se ha quedado de momento sin la carta vasca y va a tener que jugar con su sola baraja. La amenaza eccehomo —que no es la Estrella de la Muerte aunque lo parezca— se desplaza a Catalunya…

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