Mel Stuart dirigió en 1969 una película en la que retrataba a un grupo de turistas que recorrían siete países europeos en un viaje organizado de dos semanas. El consiguiente ajetreo (bajar-del-autobús/sacar-foto/subir-al-autobús), acababa por hacerles perder la noción del país que visitaban y solo se orientaban por el día de la semana en que se hallaban. De ahí su título: «Si hoy es martes, esto es Bélgica».

He recordado el título de la película a propósito de la situación política del Viejo Reyno. Cada vez que trato de otear el horizonte, se me aparece un meón en lo alto de la fuente de la Navarrería. El Manneken Pis, para entendernos. Y en la confusión llego a identificar Navarra con el país de la cerveza. Bélgica capital Pamplona. Es cierto que lo que se lleva ahora es lo contrario: nada se parece a nada. «España no es Uganda», por ejemplo. O el novísimo «Eslovenia no es Chipre». Sin olvidar el original –«ni España, ni Francia»- que es de origen vasco, aunque el merchandising actual lo haga pasar por catalán, mediante el viejo truco de entrar en casa de espaldas, para que parezca que ya te vas cuando en realidad estás llegando.

El caso es que cada vez estoy más persuadido de que el futuro político navarro lleva la divisa «Nafarroa Beljika da». Y con ello me refiero al hecho de que la división, la distancia y el bloqueo de acuerdos, conducen casi inexorablemente a que tras las próximas elecciones no habrá gobierno. Se recordará que Bélgica, tras las elecciones del 13 de junio de 2010, tardó año y medio en fraguar un acuerdo de gobierno. Y ello, a pesar de propuestas tan esperpénticas como la de la senadora socialdemócrata flamenca Marleen Temmerman, que -como la Lisístrata de Aristófanes– invitaba a las esposas de los negociadores a practicar una huelga de sexo hasta que aquellos dejaran de remolonear. Sí, han leído bien. Socialdemócrata. Esposas. Huelga. Sexo. (Al parecer, la propia Temmerman, ginecóloga de renombre e investigadora, se persuadió de la bondad de la técnica tras una positiva experiencia en Kenia).

Sin huelga de sexo mediante, dieciocho meses después de las elecciones -convocadas además anticipadamente porque tampoco había gobierno- llegó al fin la fumata blanca. ¿El resultado? Un gobierno de seis partidos, con exclusión del partido con mayor número de votos, y con nombramiento de un primer ministro minoritario por partida doble: francófono y socialdemócrata en un pais mayoritariamente flamenco y conservador. ¿Van viendo ya al Manneken Pis en la Navarrería?

Excluyendo la primera legislatura por peculiar (peculiar en grado sumo para lo que viene siendo Navarra, quiero decir; no les digo más que la Diputación la presidía Jaime Ignacio del Burgo y de la cartera de Sanidad se encargó Ángel García de Dios, parlamentario de HB), el repaso a los gobiernos y su apoyo parlamentario (ver tabla adjunta), revela tres aspectos clave:

  • Cinco legislaturas tranquilas -sin cambios de mayoría- por tres con sobresalto, dos de ellas justamente las dos últimas.
  • Situada la marca de la mayoría absoluta en los 26 escaños (el Parlamento tiene 50), no existe precisamente una tradición de gobiernos mayoritarios en Navarra.
  • Por último, el carácter minoritario de los gobiernos no se combate con una práctica de gobiernos de coalición: predominan así los gobiernos en minoría y monocolores*.

Respecto del juego de mayorías habría que considerar el efecto aritmético y político de una izquierda abertzale que -mucho antes de ser ilegalizada- optó por ausentarse del «frente institucional» autonómico, otorgando al partido gobernante una falsa impresión de hegemonía frente a una oposición adelgazada. UPN en Navarra, PNV en Euskadi, han sido rentistas -y a la postre víctimas- de ese espejismo. Ese tiempo se acabó, aunque sumar no sea todavía lo mismo que no restar.

NafGob

Nos falta un ingrediente más en el cóctel. La última reforma de octubre de 2010 de la LORAFNA -el sui generis estatuto navarro- acabó con un par de particularidades. Primero, abrió la posibilidad de romper con el ciclo electoral de las comunidades autónomas de régimen común; esto es, un hipotético adelanto electoral inicia una legislatura completa de cuatro años. En segundo lugar, y más importante, eliminó la previsión -en el caso de que no haya acuerdo entre partidos- de un nombramiento automático para la presidencia de gobierno de quien encabece la lista más votada. Ahora, si en el plazo de tres meses desde las elecciones no se ha producido acuerdo, disolución automática y nueva convocatoria electoral. Efectivamente, es este un Manneken Pis que además se mueve y juega a hacer puntería.

¿Qué podemos esperar por tanto de cara al futuro? Pues mucho sondeo y mucha cuenta de la vieja, para desprestigio -otra vez- de las encuestas. Y a cuenta casi siempre de quien no sabe lo que son y -para no perderse- se agarra a su literalidad como un loro que imita palabras que no entiende. ¿Se fiaría usted del diagnóstico que hiciera su vecino mirando la radiografía de su hombro? Pues eso. Yo no haría mucho caso. Porque, además,  la política no es, ni siquiera la parlamentaria, una cuestión de sumas perfectas sobre la mesa de un despacho. Ahí tienen a los italianos que, incapaces de acordar una fórmula de gobierno, están todos los días buscando en las encuestas a ver si encuentran una suma. Y no aparece, claro.

La legislatura en curso demuestra que un gobierno en solitario es una quimera, sobre todo en el contexto de una crisis económica que no se va a esfumar. Tampoco es un sorpresa anunciar que ningún partido logrará mayoría absoluta. Ni descubro nada si digo que ninguna suma que no contemple a UPN podrá alcanzar la mayoría absoluta si no incluye al menos a tres partidos. Pues bien, con todos esos mimbres -y aun otros que requieren algunos números que de momento les ahorro-, ¿cómo se hace un gobierno? Pregunten si quieren a los belgas de Bélgica, pero recuerden que no tendrán dieciocho meses.


* Se esconde aquí -en mi opinión- un factor de impacto sobre la política española, el funcionamiento de su sistema político, el desempeño institucional de los partidos, los arreglos territoriales y los acuerdos entre las élites… Para otra ocasión; aquí deberíamos hablar antes del Piamonte vasco: «Euskadi Italia da».

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