Aunque es una cita demasiado movediza para inspirar certezas, muchos recurren a ella para confinar la estadística al reino de las sombras y el engaño. Dice así: «Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas». En su inestable fraseología hay variaciones que buscan un crescendo más contundente, como en «pequeñas mentiras, grandes mentiras y estadísticas». Más inestable es la autoría, que salta alegramente de Mark Twain a Benjamin Disraeli -y viceversa- o tercia Eduardo San Martín para atribuirla a Winston Churchill. No es de ninguno de ellos.*

El prejuicio estadístico tiene también una versión más pedestre. El genio de la raza se limita aquí al reparto desigual de dos pollos —o dos litros de leche, depende de la hora—, entre dos niños. El uno, orondo, se guarda los dos pollos (o los dos litros de leche) y el otro, menesteroso, se queda sin nada. La prueba irrefutable de la falsedad estadística es que —calculada la media aritmética— resulta que cada niño tiene un pollo o un litro de leche, ocultando que uno de ellos se muere de hambre. Con suerte, puede que el otro esté media hora más cerca de su muerte también, por glotón. De lo que se concluye que la estadística, además de mentirosa, no tiene corazón.

Ocurre que en ninguno de los casos se deja en evidencia a la estadística sino nuestro deficiente uso de ella. Un ejemplo con el que mantengo un pleito particular desde hace ya un tiempo, es el inmerecido protagonismo que se concede a las medias de valoración de los políticos cada vez que se publican los resultados de un sondeo político. Unos datos que acaban siempre en el mismo titular: «Todos los políticos suspenden». La clave está en que a una media de suspenso se llega con un ocho y un cero, o con dos cuatros. Y aunque la media en ambos casos sea un 4, el distinto modo de llegar a ese resultado no es cuestión menor. Es lo que en términos estadísticos se expresa como el impacto de la dispersión de los datos sobre la interpretación de la media.

De lo anterior, será fácil deducir qué ocurre con las valoraciones de los políticos y por qué sus medias acaban casi siempre en números rojos: aunque los fieles les aprueben, e incluso les pongan buena nota, los partidarios de otras opciones políticas les suspenden y —como son más que los propios— acaban llevando a la media por debajo del cinco. Por otro lado, que políticos de partidos más pequeños obtengan calificaciones medias mejores se debe a que suelen generar un rechazo de menor intensidad (quienes les suspenden les ponen menos ceros que a políticos de partidos grandes), pero sobre todo a que son menos conocidos entre quienes no están cercanos a ellos o a lo que representan, de modo que muchos suspensos potenciales se van por la alcantarilla de la no respuesta. La característica dispersión de las calificaciones de los políticos —y su importancia para una correcta interpretación de las medias—, así como la muy forzada comparación entre unos líderes conocidos por casi todos y otros que lo son bastante menos, aconseja dar menos relieve a este dato que el que habitualmente se le da, en un ejercicio más cercano al ajusticiamiento vicario en las portadas que al análisis de opinión pública. Entre otras razones, también, porque al hacerlo frivolizamos algo tan serio como la desafección política.

Pero al igual que la estadística no permite concluir de esos datos de encuesta que los ciudadanos suspenden a (todos) los políticos, tampoco permite deducir —empeñados en buscar brotes verdes— que los políticos jóvenes son vistos como renovadores. No solo porque la condición juvenil se haya desprendido definitivamente de las limitaciones de la edad y puede llamarse joven prácticamente a cualquiera que se halle entre el destete y la jubilación, sino —sobre todo— porque apoyados en los mismos datos podríamos afirmar lo contrario. En el artículo de Fernando Garea que presentaba los datos del sondeo de Metroscopia para El País, o en el más técnico de José Pablo Ferrándiz, se advertía del “evidente factor de corrección de su menor grado de conocimiento”. Pero, a la postre, la advertencia convivía sin grandes dificultades con la interpretación de que los políticos jóvenes son más valorados. El gráfico principal que resumía el estado de la cuestión era este:

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Madina, Talegón, Garzón, Rivera, López de Uralde¡joder! ¡cáspitas!, ¿López de Uralde? No se ponga usted así, quien dice jóvenes dice «una nueva generación de líderes». Lo relevante es que el 35% piensa que López de Uralde puede contribuir a regenerar la vida política española. ¿Quién dijo desafección? Si uno de cada tres confía en él o en cualquiera de los líderes de la nueva generación (por cierto, para ser nueva se observa la misma proporción de mujeres que en los viejos Consejos de Administración), estamos mejor de lo que creíamos. Descontando la abstención, podríamos estimar que la mitad de los votantes habituales muestra una confianza muy alentadora.

El problema es que ese cuadro no está completo. ¿Recuerdan el factor de corrección del grado de conocimiento? Aunque el titular del gráfico es un tanto enrevesado, lo que se dice es que ese 35% hace referencia solo a los que conocen a López de Uralde, que modestamente son un 10% de todos los encuestados. Aplicar el factor corrector aquí es tan sencillo como multiplicar un porcentaje por otro: 35% x 10% = 3’5%. Es decir, tenemos que solo el 3’5% de la ciudadanía confía en que López de Uralde puede contribuir a regenerar la vida política española. Si aplicamos el factor corrector a todos los datos, este sería el gráfico resultante:

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Quizá tiene menos gancho periodístico, aunque el Top 3 copado por políticos vascos (LópezBasagoitiMadina) tiene su aquél. El valor más alto, el 24% de Patxi López, puede sonar a poco por comparación con los valores anteriores, pero eso significa —ahora sí— uno de cada cuatro ciudadanos en edad de votar. Eso es mucho en un contexto político conflictivo y dividido, en el que los adversarios no regalan nada y muchas veces ni los más cercanos. Resulta absurdo pedirle a un político que logre una aprobación del 80%, cuando sabemos que las valoraciones son partidistas. Por eso, tampoco son desdeñables el resto de valores del gráfico: que Albert Rivera alcance el 13% no puede calificarse más que como un éxito. Para él, evidentemente.

El dato relevante, sin embargo, es el grado de conocimiento. Justamente el dato que queda oculto cuando nos fijamos en medias de valoración o en opiniones sobre los políticos. Que Eduardo Madina o Alfonso Alonso apenas sean conocidos por uno de cada tres ciudadanos en edad de votar es grave. Debería hacernos reflexionar sobre el tipo de comunicación que los partidos establecen con la ciudadanía y el tipo de información política que los medios ofrecen. Es difícil creer que si no les conocen por el nombre, sepan el trabajo que hacen, las propuestas que apoyan o las causas que les motivan.

Por ello, sea buscando desafectos o brotes verdes, los datos sobre líderes deberían considerarse siempre desde el total muestral. En el caso concreto de las escalas de valoración, y para evitar el impacto del distinto nivel de conocimiento en la eficacia de las medias, un índice de aprobación (con pregunta directa o con el acumulado de quienes califican con una puntuación de 5 ó más), sería un indicador más ajustado para dar a conocer la evolución de la valoración de los políticos, el impacto de los nuevos o la audiencia de los líderes de opciones pequeñas, además de que facilitaría su comparación con las mediciones de aprobación/desaprobación que se realizan en otros países.

En cuanto a los medios, es decepcionante que por imitación de contenidos sea más conocido para la opinión pública el «precipicio fiscal» estadounidense que el «precipicio de los convenios» que se avecina. Aún así, se comprenden las necesidades de guión en esos juegos de nombres y renovaciones. Lo que resulta más difícil de asumir, precisamente desde una perspectiva regeneradora, es que los propios políticos caigan en la trampa y participen de la confusión que identifica el debate de la política con el debate sobre «lo suyo». Beatriz Talegón ayer, por (paradójico) ejemplo.


* Twain, en su Autobiografía, atribuye la cita a Disraeli porque asume que él es el sabio estadista a quien se refiere Lord Courtney en un discurso sobre la representación electoral proporcional en 1895, donde la cita aparece por primera vez: «We may quote to one another with a chuckle the words of the Wise Statesman -‘lies, damn lies, and statistics’-, still there are some easy figures which the simplest must understand but the astutest cannot wriggle out of». En efecto, la cita original tiene el sentido opuesto al que hoy es de uso corriente. Paradojas.

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