Birlibirloque

Posted on 12 de mayo de 2013

Hace ya algunos años, Jose Mª Iribarren dejó escrito en «El porqué de los dichos» (1954), este mismo post que me dispongo a escribir yo ahora. Y logró hacerlo en un solo párrafo que aquí traigo, pues en él se encierra casi todo lo que diré y así se ahorran el texto y van directamente a los gráficos: “El verbo birlar significa en el juego de bolos, tirar por segunda vez la bola desde el punto donde paró la primera, que -como suele ser cercano a los bolos- proporciona el derribar muchos. El Diccionario de la Academia pone como segunda acepción el propio verbo: matar o derribar a alguno de un golpe, con escopeta, ballesta u otro instrumento. Metafísicamente equivale birlar, según la misma autoridad, a conseguir uno el empleo que otro pretendía. En germanía o caló, birlar significa estafar, y birloque, ladrón. Con estos antecedentes, ¿habrá fundamento suficiente para presumir que arte de birlibirloque sea una frase imitativa, equivalente al arte de birlar, hurtar o estafar de repente, por sorpresa, con destreza o maestría?”.

CISAbril13

Tirar por segunda vez la bola desde el punto donde paró la primera. Ya advertíamos en «La insoportable levedad de la media» contra la simpleza de leer como un “suspenso ciudadano” las calificaciones medias de los políticos en los sondeos. El último barómetro del CIS ha vuelto a ser ocasión para el retruécano, aun combinando la interpretación genérica (“los politicos”) con la personalizada bipartidista que en ocasiones excluye del trance a Cayo Lara y Rosa Díez. Empero, si los suspensos de Rajoy o Rubalcaba les hunden en la zona abisal, Díez y Lara no sacan la cabeza del agua y corren idéntico riesgo de perecer ahogados. De hecho, como muestra el gráfico siguiente, si por algo se distingue el último barómetro del CIS es por extender -entre enero y abril- la misma pendiente de caída a todas las medias.

medias

Matar o derribar a alguno de un golpe, con escopeta, ballesta u otro instrumento. Por lo general, los datos de opinión pública no son un libro abierto. Ni unos posos de té. Se asemejan más a un cristal poliédrico, imperfecto y limitado, que debe ser observado desde diversos ángulos, buscando múltiples descomposiciones de luz. Se trata de mirar varias veces y varias distintas cosas. Un suponer: observar las valoraciones de los líderes políticos a partir del número de “ceros patateros” que reciben de los ciudadanos en esos mismos barómetros del CIS. Nótese -para abril de 2013 no disponemos aún de los datos- el paralelismo inverso casi perfecto entre este gráfico y el anterior. ¿Perciben ya que el número de ceros que cosechan Rajoy y Rubalcaba es suficiente para tirar abajo sus medias? ¿O tendremos que ir finalmente a por una ballesta de verdad?

ceros

Metafísicamente, conseguir uno el empleo que otro pretendía. Las perfectas medias, y su perfecto orden, acaban ahora casi siempre en una nueva metafísica sobre preferencias ciudadanas y sistemas de partidos. Les contaré un secreto. Antes, los ceros medían polarización y sesgo. Ahora, a medida que aumentan, miden cabreo. Un cabreo en aumento, obviamente. Y que no perdona a nadie. De hecho, crecientemente, quienes ponen ceros, ponen ceros a todos. Por ejemplo, en el barómetro de enero puede comprobarse que el 31% de los ceros a Rubalcaba es también un cero a Cayo Lara… O que el 43% no conoce o no valora a Cayo Lara. ¿Se imaginan lo que ocurriría si ese 43% de ceros a Rubalcaba conociese o valorase a Cayo Lara?

Ya lo dijimos, la pulcra disposición de las medias oculta un dato relevante: el nivel de conocimiento. El índice de aprobación (% de encuestados que ponen un 5 ó más a cada líder) computa el impacto del nivel de conocimiento en la valoración ciudadana. El cuadro resultante no encaja demasiado bien con la nueva metafísica. Rajoy y Rubalcaba pierden aprobados como quien se desangra, cierto, pero nadie viene a ocupar su lugar. De hecho, mi vieja metafísica lo que dice es que muy probablemente Díez y Lara, empezarán a perder los niveles alcanzados tras la movilización electoral de 2011.

aprobadosEl arte de birlibirloque. ¿Habrá fundamento suficiente para presumir que es birlibirloque el juego de datos que empieza en «los políticos suspenden» y acaba -por sorpresa, con destreza y maestría-, en un pronóstico electoral que levita? Y digo que levita porque se están haciendo estimaciones electorales en terreno movedizo, casi en el aire. La fuerte caída de la intención declarada de voto hace de la estimación un ejercicio nuevo, que obliga a revisar viejos supuestos. Sobre todo cuando, como es obvio, la intención que se hunde no es sustituida en otra opción.

intvoto

El escenario para la levitación se completa con una participación estimada de la mitad del electorado. Al festín se apuntan incluso profetas declarados de la participación (?). En fin. Doble contra sencillo a que no se cumplirá. Es ahí donde se halla el verdadero desafío analítico más allá de las estimaciones. ¿Por qué ha descendido la intención declarada de voto? ¿Qué significa? ¿Qué pasará cuando acudan a las urnas -que acudirán- muchos de esos que callan ahora? Esas y otras preguntas son el reto, también político, más que el empeño en un ejercicio de nivelación topográfica -a corto- en medio de un terremoto.

Se cumplen estos días 20 años de la gran debacle de las estimaciones electorales en España. A su propósito escribí mi primer artículo en prensa: «Los sondeos desmienten a los votantes». Al paso que vamos, habrá ocasión de recuperarlo. Porque a veces parece que el espectáculo reclama celebrar aquel fiasco por todo lo alto. Que las próximas elecciones sean las europeas favorece la continuación del show. Muy bien, que siga. Pero no se quejen de las candidaturas saltimbanquis que vendrán. Ni echen luego la culpa a las encuestas, que nos conocemos.

¿Birli birló lo qué? Birlibirloque. Y ya.


Addendum: Sobre estimaciones en el momento presente, José P. Ferrándiz publicó ayer alguna precaución que se echaba en falta. Aunque no llegue al papel, donde vende más una cocina pop con aspectos interesantes, pero horribles confesiones.

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La insoportable levedad de la media (a veces)

Posted on 2 de mayo de 2013

Aunque es una cita demasiado movediza para inspirar certezas, muchos recurren a ella para confinar la estadística al reino de las sombras y el engaño. Dice así: «Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas». En su inestable fraseología hay variaciones que buscan un crescendo más contundente, como en «pequeñas mentiras, grandes mentiras y estadísticas». Más inestable es la autoría, que salta alegramente de Mark Twain a Benjamin Disraeli -y viceversa- o tercia Eduardo San Martín para atribuirla a Winston Churchill. No es de ninguno de ellos.*

El prejuicio estadístico tiene también una versión más pedestre. El genio de la raza se limita aquí al reparto desigual de dos pollos —o dos litros de leche, depende de la hora—, entre dos niños. El uno, orondo, se guarda los dos pollos (o los dos litros de leche) y el otro, menesteroso, se queda sin nada. La prueba irrefutable de la falsedad estadística es que —calculada la media aritmética— resulta que cada niño tiene un pollo o un litro de leche, ocultando que uno de ellos se muere de hambre. Con suerte, puede que el otro esté media hora más cerca de su muerte también, por glotón. De lo que se concluye que la estadística, además de mentirosa, no tiene corazón.

Ocurre que en ninguno de los casos se deja en evidencia a la estadística sino nuestro deficiente uso de ella. Un ejemplo con el que mantengo un pleito particular desde hace ya un tiempo, es el inmerecido protagonismo que se concede a las medias de valoración de los políticos cada vez que se publican los resultados de un sondeo político. Unos datos que acaban siempre en el mismo titular: «Todos los políticos suspenden». La clave está en que a una media de suspenso se llega con un ocho y un cero, o con dos cuatros. Y aunque la media en ambos casos sea un 4, el distinto modo de llegar a ese resultado no es cuestión menor. Es lo que en términos estadísticos se expresa como el impacto de la dispersión de los datos sobre la interpretación de la media.

De lo anterior, será fácil deducir qué ocurre con las valoraciones de los políticos y por qué sus medias acaban casi siempre en números rojos: aunque los fieles les aprueben, e incluso les pongan buena nota, los partidarios de otras opciones políticas les suspenden y —como son más que los propios— acaban llevando a la media por debajo del cinco. Por otro lado, que políticos de partidos más pequeños obtengan calificaciones medias mejores se debe a que suelen generar un rechazo de menor intensidad (quienes les suspenden les ponen menos ceros que a políticos de partidos grandes), pero sobre todo a que son menos conocidos entre quienes no están cercanos a ellos o a lo que representan, de modo que muchos suspensos potenciales se van por la alcantarilla de la no respuesta. La característica dispersión de las calificaciones de los políticos —y su importancia para una correcta interpretación de las medias—, así como la muy forzada comparación entre unos líderes conocidos por casi todos y otros que lo son bastante menos, aconseja dar menos relieve a este dato que el que habitualmente se le da, en un ejercicio más cercano al ajusticiamiento vicario en las portadas que al análisis de opinión pública. Entre otras razones, también, porque al hacerlo frivolizamos algo tan serio como la desafección política.

Pero al igual que la estadística no permite concluir de esos datos de encuesta que los ciudadanos suspenden a (todos) los políticos, tampoco permite deducir —empeñados en buscar brotes verdes— que los políticos jóvenes son vistos como renovadores. No solo porque la condición juvenil se haya desprendido definitivamente de las limitaciones de la edad y puede llamarse joven prácticamente a cualquiera que se halle entre el destete y la jubilación, sino —sobre todo— porque apoyados en los mismos datos podríamos afirmar lo contrario. En el artículo de Fernando Garea que presentaba los datos del sondeo de Metroscopia para El País, o en el más técnico de José Pablo Ferrándiz, se advertía del “evidente factor de corrección de su menor grado de conocimiento”. Pero, a la postre, la advertencia convivía sin grandes dificultades con la interpretación de que los políticos jóvenes son más valorados. El gráfico principal que resumía el estado de la cuestión era este:

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Madina, Talegón, Garzón, Rivera, López de Uralde¡joder! ¡cáspitas!, ¿López de Uralde? No se ponga usted así, quien dice jóvenes dice «una nueva generación de líderes». Lo relevante es que el 35% piensa que López de Uralde puede contribuir a regenerar la vida política española. ¿Quién dijo desafección? Si uno de cada tres confía en él o en cualquiera de los líderes de la nueva generación (por cierto, para ser nueva se observa la misma proporción de mujeres que en los viejos Consejos de Administración), estamos mejor de lo que creíamos. Descontando la abstención, podríamos estimar que la mitad de los votantes habituales muestra una confianza muy alentadora.

El problema es que ese cuadro no está completo. ¿Recuerdan el factor de corrección del grado de conocimiento? Aunque el titular del gráfico es un tanto enrevesado, lo que se dice es que ese 35% hace referencia solo a los que conocen a López de Uralde, que modestamente son un 10% de todos los encuestados. Aplicar el factor corrector aquí es tan sencillo como multiplicar un porcentaje por otro: 35% x 10% = 3’5%. Es decir, tenemos que solo el 3’5% de la ciudadanía confía en que López de Uralde puede contribuir a regenerar la vida política española. Si aplicamos el factor corrector a todos los datos, este sería el gráfico resultante:

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Quizá tiene menos gancho periodístico, aunque el Top 3 copado por políticos vascos (LópezBasagoitiMadina) tiene su aquél. El valor más alto, el 24% de Patxi López, puede sonar a poco por comparación con los valores anteriores, pero eso significa —ahora sí— uno de cada cuatro ciudadanos en edad de votar. Eso es mucho en un contexto político conflictivo y dividido, en el que los adversarios no regalan nada y muchas veces ni los más cercanos. Resulta absurdo pedirle a un político que logre una aprobación del 80%, cuando sabemos que las valoraciones son partidistas. Por eso, tampoco son desdeñables el resto de valores del gráfico: que Albert Rivera alcance el 13% no puede calificarse más que como un éxito. Para él, evidentemente.

El dato relevante, sin embargo, es el grado de conocimiento. Justamente el dato que queda oculto cuando nos fijamos en medias de valoración o en opiniones sobre los políticos. Que Eduardo Madina o Alfonso Alonso apenas sean conocidos por uno de cada tres ciudadanos en edad de votar es grave. Debería hacernos reflexionar sobre el tipo de comunicación que los partidos establecen con la ciudadanía y el tipo de información política que los medios ofrecen. Es difícil creer que si no les conocen por el nombre, sepan el trabajo que hacen, las propuestas que apoyan o las causas que les motivan.

Por ello, sea buscando desafectos o brotes verdes, los datos sobre líderes deberían considerarse siempre desde el total muestral. En el caso concreto de las escalas de valoración, y para evitar el impacto del distinto nivel de conocimiento en la eficacia de las medias, un índice de aprobación (con pregunta directa o con el acumulado de quienes califican con una puntuación de 5 ó más), sería un indicador más ajustado para dar a conocer la evolución de la valoración de los políticos, el impacto de los nuevos o la audiencia de los líderes de opciones pequeñas, además de que facilitaría su comparación con las mediciones de aprobación/desaprobación que se realizan en otros países.

En cuanto a los medios, es decepcionante que por imitación de contenidos sea más conocido para la opinión pública el «precipicio fiscal» estadounidense que el «precipicio de los convenios» que se avecina. Aún así, se comprenden las necesidades de guión en esos juegos de nombres y renovaciones. Lo que resulta más difícil de asumir, precisamente desde una perspectiva regeneradora, es que los propios políticos caigan en la trampa y participen de la confusión que identifica el debate de la política con el debate sobre «lo suyo». Beatriz Talegón ayer, por (paradójico) ejemplo.


* Twain, en su Autobiografía, atribuye la cita a Disraeli porque asume que él es el sabio estadista a quien se refiere Lord Courtney en un discurso sobre la representación electoral proporcional en 1895, donde la cita aparece por primera vez: «We may quote to one another with a chuckle the words of the Wise Statesman -‘lies, damn lies, and statistics’-, still there are some easy figures which the simplest must understand but the astutest cannot wriggle out of». En efecto, la cita original tiene el sentido opuesto al que hoy es de uso corriente. Paradojas.

Si hoy es San Fermín, esto es Bélgica

Posted on 18 de abril de 2013

Mel Stuart dirigió en 1969 una película en la que retrataba a un grupo de turistas que recorrían siete países europeos en un viaje organizado de dos semanas. El consiguiente ajetreo (bajar-del-autobús/sacar-foto/subir-al-autobús), acababa por hacerles perder la noción del país que visitaban y solo se orientaban por el día de la semana en que se hallaban. De ahí su título: «Si hoy es martes, esto es Bélgica».

He recordado el título de la película a propósito de la situación política del Viejo Reyno. Cada vez que trato de otear el horizonte, se me aparece un meón en lo alto de la fuente de la Navarrería. El Manneken Pis, para entendernos. Y en la confusión llego a identificar Navarra con el país de la cerveza. Bélgica capital Pamplona. Es cierto que lo que se lleva ahora es lo contrario: nada se parece a nada. «España no es Uganda», por ejemplo. O el novísimo «Eslovenia no es Chipre». Sin olvidar el original –«ni España, ni Francia»- que es de origen vasco, aunque el merchandising actual lo haga pasar por catalán, mediante el viejo truco de entrar en casa de espaldas, para que parezca que ya te vas cuando en realidad estás llegando.

El caso es que cada vez estoy más persuadido de que el futuro político navarro lleva la divisa «Nafarroa Beljika da». Y con ello me refiero al hecho de que la división, la distancia y el bloqueo de acuerdos, conducen casi inexorablemente a que tras las próximas elecciones no habrá gobierno. Se recordará que Bélgica, tras las elecciones del 13 de junio de 2010, tardó año y medio en fraguar un acuerdo de gobierno. Y ello, a pesar de propuestas tan esperpénticas como la de la senadora socialdemócrata flamenca Marleen Temmerman, que -como la Lisístrata de Aristófanes– invitaba a las esposas de los negociadores a practicar una huelga de sexo hasta que aquellos dejaran de remolonear. Sí, han leído bien. Socialdemócrata. Esposas. Huelga. Sexo. (Al parecer, la propia Temmerman, ginecóloga de renombre e investigadora, se persuadió de la bondad de la técnica tras una positiva experiencia en Kenia).

Sin huelga de sexo mediante, dieciocho meses después de las elecciones -convocadas además anticipadamente porque tampoco había gobierno- llegó al fin la fumata blanca. ¿El resultado? Un gobierno de seis partidos, con exclusión del partido con mayor número de votos, y con nombramiento de un primer ministro minoritario por partida doble: francófono y socialdemócrata en un pais mayoritariamente flamenco y conservador. ¿Van viendo ya al Manneken Pis en la Navarrería?

Excluyendo la primera legislatura por peculiar (peculiar en grado sumo para lo que viene siendo Navarra, quiero decir; no les digo más que la Diputación la presidía Jaime Ignacio del Burgo y de la cartera de Sanidad se encargó Ángel García de Dios, parlamentario de HB), el repaso a los gobiernos y su apoyo parlamentario (ver tabla adjunta), revela tres aspectos clave:

  • Cinco legislaturas tranquilas -sin cambios de mayoría- por tres con sobresalto, dos de ellas justamente las dos últimas.
  • Situada la marca de la mayoría absoluta en los 26 escaños (el Parlamento tiene 50), no existe precisamente una tradición de gobiernos mayoritarios en Navarra.
  • Por último, el carácter minoritario de los gobiernos no se combate con una práctica de gobiernos de coalición: predominan así los gobiernos en minoría y monocolores*.

Respecto del juego de mayorías habría que considerar el efecto aritmético y político de una izquierda abertzale que -mucho antes de ser ilegalizada- optó por ausentarse del «frente institucional» autonómico, otorgando al partido gobernante una falsa impresión de hegemonía frente a una oposición adelgazada. UPN en Navarra, PNV en Euskadi, han sido rentistas -y a la postre víctimas- de ese espejismo. Ese tiempo se acabó, aunque sumar no sea todavía lo mismo que no restar.

NafGob

Nos falta un ingrediente más en el cóctel. La última reforma de octubre de 2010 de la LORAFNA -el sui generis estatuto navarro- acabó con un par de particularidades. Primero, abrió la posibilidad de romper con el ciclo electoral de las comunidades autónomas de régimen común; esto es, un hipotético adelanto electoral inicia una legislatura completa de cuatro años. En segundo lugar, y más importante, eliminó la previsión -en el caso de que no haya acuerdo entre partidos- de un nombramiento automático para la presidencia de gobierno de quien encabece la lista más votada. Ahora, si en el plazo de tres meses desde las elecciones no se ha producido acuerdo, disolución automática y nueva convocatoria electoral. Efectivamente, es este un Manneken Pis que además se mueve y juega a hacer puntería.

¿Qué podemos esperar por tanto de cara al futuro? Pues mucho sondeo y mucha cuenta de la vieja, para desprestigio -otra vez- de las encuestas. Y a cuenta casi siempre de quien no sabe lo que son y -para no perderse- se agarra a su literalidad como un loro que imita palabras que no entiende. ¿Se fiaría usted del diagnóstico que hiciera su vecino mirando la radiografía de su hombro? Pues eso. Yo no haría mucho caso. Porque, además,  la política no es, ni siquiera la parlamentaria, una cuestión de sumas perfectas sobre la mesa de un despacho. Ahí tienen a los italianos que, incapaces de acordar una fórmula de gobierno, están todos los días buscando en las encuestas a ver si encuentran una suma. Y no aparece, claro.

La legislatura en curso demuestra que un gobierno en solitario es una quimera, sobre todo en el contexto de una crisis económica que no se va a esfumar. Tampoco es un sorpresa anunciar que ningún partido logrará mayoría absoluta. Ni descubro nada si digo que ninguna suma que no contemple a UPN podrá alcanzar la mayoría absoluta si no incluye al menos a tres partidos. Pues bien, con todos esos mimbres -y aun otros que requieren algunos números que de momento les ahorro-, ¿cómo se hace un gobierno? Pregunten si quieren a los belgas de Bélgica, pero recuerden que no tendrán dieciocho meses.


* Se esconde aquí -en mi opinión- un factor de impacto sobre la política española, el funcionamiento de su sistema político, el desempeño institucional de los partidos, los arreglos territoriales y los acuerdos entre las élites… Para otra ocasión; aquí deberíamos hablar antes del Piamonte vasco: «Euskadi Italia da».

Spoiler Reloaded

Posted on 23 de octubre de 2012

«A despecho del storyboard que la mayoría de medios, y algún entero, se han propuesto vender en la previa de la campaña, la verdad es que se me antoja muy previsible que EAJ-PNV se alzará con la primera posición en votos… y también en escaños. Pero para determinar la victoria (y el cariz de una legislatura que se anuncia complicada), la clave no estará en ver cómo se resuelve la pretendida pugna por la cabeza, sino en saber si EAJ-PNV logrará sumar 38 escaños con cualquiera de estos tres: EH Bildu, PSE-EE, PP. Si con alguno de ellos la suma falla, la victoria esperará en el alero… para que la retoque Cecilia».

Así finalizaba el primer pasito de este blog, justo un mes antes de la celebración de las elecciones al Parlamento vasco del pasado domingo, 21 de octubre. Con los datos en la mano, podemos ya responder en el terreno práctico a la pregunta que entonces se formulaba. ¿Quién ha ganado las elecciones? Es ya claro que las cábalas sobre si la victoria reside en el número de votos o en el número de escaños han dejado de tener sentido, pues el titular en uno y otro caso es EAJ-PNV. En realidad, la campaña y los resultados han evidenciado que aquél era un debate fundamentado en la épica de la acumulación de fuerzas en torno a la izquierda abertzale, y en su continua progresión casi sin final previsible, desde el alto el fuego de ETA. No había demasiados datos que avalasen la tesis, pero se convirtió pronto en moneda corriente y fue el punto de partida de muchos análisis y crónicas.

Aunque tengo mis dudas, quizá el argumento de esa victoria frente al PNV fuera el último revulsivo que le quedaba a la izquierda abertzale para cerrar este ciclo electoral, tratando de provocar un movimiento que le diera un empujón final. Porque lo cierto es que el completo éxito electoral de la primera batalla, las forales y municipales de mayo de 2011, le había dejado prácticamente sin margen para la épica ascendente, aunque se disimulase con la traca de Amaiur en las generales de hace casi un año. Ya no quedan territorios inexplorados, y a partir de aquí el terreno hay que ganárselo al adversario, lo cual requiere de paciencia y muchos equilibrios, tratando al mismo tiempo de no perder el conquistado. En definitiva, un terreno de marcha más lenta y poco propicio para los cantares de gesta. Para conjurarlo, la victoria se convirtió en el argumento principal y condicionó una campaña que a mi juicio no acabó de encontrar el tono por eso mismo. El mayor problema, no obstante, fue encerrarse en un juego de expectativas que acabó pasando factura la noche electoral, haciendo pasar por derrota lo que era —con matices— un buen resultado. Con la mala fortuna añadida, además, de que los sondeos a pie de urna fallaron y alimentaron durante una hora más la posibilidad —al menos— del empate técnico.

De modo que por ese lado el ganador está claro. El PNV superó el reto propuesto por la propia EH Bildu, y lo hizo con autoridad: le batió en Alava, mantuvo las distancias en Bizkaia y le disputó la victoria en lo que se presentaba como su feudo inexpugnable, Gipuzkoa. A todo ello contribuyó también el hecho de que PNV venciese la pugna con PSE-EE, y con PP, en relación a las incertidumbres económicas, sociales y/o soberanistas, de que mutuamente se acusaban respecto de la gestión de la crisis. En suma, PNV obtiene 27 escaños y gana con el mejor resultado en solitario desde la escisión de 1986 (abstracción hecha del resultado de 2009, por la anulación de los votos dirigidos a la candidatura de la izquierda abertzale).

Pero como señalaba en el párrafo citado, en mi opinión la clave real de la victoria no era ésa, sino  las alternativas en la suma de mayorías en el tablero parlamentario. En concreto, que EAJ-PNV pudiese conformar mayorías con cualquiera de los otros tres, sin que en ninguno de los casos pudiera constituirse una mayoría alternativa. Dando por hecho que la suma de sus escaños con los de EH Bildu, o con los de PSE-EE, alcanzaría la mayoría absoluta, el escenario de pesadilla para PNV era aquél en el que la suma de EH Bildu y PSE-EE fuera mayor a la suma del propio PNV con el PP. Porque de ese modo, la posición negociadora de aquellos se fortalecería ante la posibilidad de conformar no un gobierno pero sí una pinza en la oposición. Ese escenario se ha evitado, aunque ciertamente no de la forma más simple, en una nueva muestra de que la realidad es siempre más compleja que cualquier trama de ficción: para superar a la suma de EH Bildu y PSE-EE, además de los escaños del PP, entra en juego el único escaño obtenido por UPyD. Suele ser complicado depender de una opción minoritaria para lograr mayorías, porque muchas veces son las más exigentes —e inestables— a la hora de prestar su apoyo.

No es el peor escenario para la posición negociadora de PNV, aunque tampoco el mejor. Lo mismo cabría decir del resto de opciones, cada una desde su perfil y posición, de cara a la próxima legislatura. Mientras no se cierre un acuerdo estable, ninguna es totalmente imprescindible, ni tampoco lo contrario. Así, todas ellas deberán jugar muy bien sus cartas para maximizar los réditos que esperan obtener de su posición. De momento, la victoria le da un margen suficiente a PNV para reclamar la centralidad en la posición negociadora, lo cuál puede servir de base a un gobierno en solitario. Eso sí, el impacto creciente de la crisis económica y de la debilidad financiera del Estado, la diversidad territorial en órganos de poder fundamentales como las Diputaciones, y las relaciones e intereses de cada uno de los partidos, pueden acabar por pintar un escenario que no emborronará la victoria de PNV, pero que le presionará a optar por un eje de relación mientras maniobra para tratar de implicar a todos y mantener la autonomía del timón. Veremos cómo se resuelve.


Mientras tanto —en otra parte de la galaxia— Artur Mas se ha quedado de momento sin la carta vasca y va a tener que jugar con su sola baraja. La amenaza eccehomo —que no es la Estrella de la Muerte aunque lo parezca— se desplaza a Catalunya…

El vasco que subió una colina pero perdió una mayoría absoluta

Posted on 15 de octubre de 2012

En 1917, dos topógrafos ingleses se presentaron en el pueblo galés de Ffynnon Taf para medir la altitud de Garth Mountain. Como quiera que el resultado de sus mediciones concluyó que -aunque por poco- su altura no llegaba a los 1000 pies requeridos para ser considerada una montaña, los topógrafos ingleses rebajaron a Garth Mountain a la categoría de colina. Heridos en su orgullo, los lugareños se sirvieron de su astucia para devolver a Garth a su condición de montaña. Cuando el inglés repitió la medición, el resultado fue de 1002 pies. Muchos años más tarde, Christopher Monger -natural de Ffynnon Taf y que había oído a su abuelo contar esta historia muchas veces- relataría los hechos en una novela y una película tituladas «El inglés que subió una colina pero bajó una montaña» (1995).

Viene esto a cuento del empeño que algunos ponen por conseguir que las encuestas en campaña midan colinas donde hay montañas, o viceversa, pensando que de ese modo -o del otro- la bolita caerá de su lado. Empeño en mi opinión absurdo, pues es como tratar de adelantar el verano acercando un mechero al termómetro. Pues bien, me propongo desnudar a su nuevo dios. De modo que si son ustedes sensibles, les recomiendo que abandonen la sala ahora mismo y no enfrenten la horripilante visión de tanto viento para tan poco buñuelo.

Para aligerar la exposición del truco recurriré a la técnica del zoótropo, pues en el movimiento suele ser más obvia la intención que se agita en bambalinas. Mostraré por tanto la sucesión de los titulares estáticos de una encuesta electoral en Euskadi de hace ya algunos años, con la intención de desvelar su finalidad -y su futilidad- en el movimiento. Poco importa ahora el año o la candidatura concreta a la que se refieren. Los titulares del tracking -encuesta de seguimiento diario- que da contenido a nuestro show, de gran éxito en su tiempo aunque por pudor no daré el nombre ni de la vedette (la encuestadora) ni del productor del espectáculo (el medio de difusión), son todos ellos ciertos y verdaderos en su absoluta literalidad. Para no despistarnos con banderías, he sustituido tan solo las menciones al candidato, o a su partido, por un vasco particular: aquél que subió una colina pero perdió una mayoría absoluta.

  • Día 1: El vasco que subió una colina arranca la campaña con mayoría absoluta
  • Día 2: El vasco que subió una colina mantiene la mayoría absoluta
  • Día 3: El vasco que subió una colina refuerza su mayoría absoluta

Arranca… Mantiene… Refuerza… Esto es material de primera, oiga. La estructura sintáctica es un tanto repetitiva, de acuerdo, pero a cambio la tensión dramática se concentra en una acertada selección verbal. ¡La escabechina que podría haber montado Sam Peckinpah si este guión cae en sus manos! El crescendo llega hasta el posesivo de la tercera entradilla: «su» mayoría absoluta. No ha habido elecciones aún, pero la mayoría absoluta ya es suya. Como alguien se la quite, aquí va a haber algo más que palabras…

  • Día 4: Primeras dudas sobre la mayoría absoluta del vasco que subió una colina

¿Qué les acabo de decir? ¡Pri-me-ras du-das! ¿No huelen la sangre desde ahí? Incluso ahora, después de tantos años, el titular del cuarto día me sigue sobrecogiendo. Que digo yo que lo de «primeras» se lo podían haber ahorrado; a no ser -claro- que supieran ya de antemano que vendrían más dudas después, como para tenernos sobreaviso, por si padecíamos del corazón o algo.

  • Día 5: El vasco que subió una colina  pierde el segundo parlamentario en dos días

¡Recordones!, ¡2 parlamentarios vaporizados en 2 días! Hagan algo, por dios, metan sexo, o algún turbio asunto en los bajos fondos, o más sexo, pero hagan algo, rápido, que esta campaña se nos va…

  • Día 6: El vasco que subió una colina recupera un escaño y vuelve a situarse en la mayoría absoluta
  • Día 7: El vasco que subió una colina en el borde de la mayoría absoluta

¡Mierda, escogí un mal día para dejar de fumar! Nuestro héroe se ha recuperado, está otra vez en el borde de la mayoría, pero contemplando el abismo y todo indica que volveremos a caer con él. Y aquí arriba no venden tabaco. No alarguemos lo inevitable, vayamos directamente a la entradilla del último día en que estaba permitido publicar sondeos:

  • Día 10: El vasco que subió una colina se quedaría a cuatro escaños de la mayoría absoluta y lograría tres menos que el pasado viernes

Surprise, surprise, ¡quién nos lo iba a decir! En el momento de la verdad, nuestro héroe se desfondó. Más bien le desfondaron con una mayoría absoluta que en ningún momento estuvo en condiciones de obtener. Todo el asunto de la mayoría absoluta se debía únicamente a un juego de colinas que se convertían en montañas, para acabar siendo nuevamente colinas. La cambiante elevación del terreno no se produjo en ningún momento, el vasco de la historia estuvo siempre subiendo una colina. Veamos el zoótropo en movimiento:

… arranca la campaña con mayoría absoluta / mantiene / refuerza / primeras dudas / pierde el segundo  / recupera / en el borde / pierde tres escaños / a cuatro escaños de la mayoría …

No son más que titulares dando vueltas. Ni arrancó la campaña con mayoría absoluta, ni perdió tres escaños el fin de semana. ¿Y tanto viento para qué? Cualquiera sabe. Razones hay muchas, algunas bien fundamentadas, otras bastante más livianas. Entre éstas destaca -por su recurrencia- la de atribuir un efecto mágico a las encuestas según el cual la gente decide votar -o incluso a quién votar- en función de los resultados que anuncian. Es esta una creencia que comparten tanto los aprendices de brujo que lo intentan, como las plañideras que lo denuncian con alharaca.

Lo curioso del caso es que hay más denunciantes que delitos. De hecho, unos datos que son vistos con total naturalidad, pasan a convertirse en las llaves del infierno solo al conocer su autoría o el medio en que se han publicado. Hagan la prueba. La otra curiosidad del caso es que la gente influenciable son siempre los demás, todos ellos buena gente pero sin criterio. En una palabra, idiotas. Solo nosotros estamos a salvo y por eso somos los únicos capaces de detectar todas las artimañas. Si Miguel de Cervantes viviese hoy, Don Alonso Quijano sería un tipo sentado frente al ordenador, empeñado en descubrir para el mundo la burda manipulación de todas las encuestas que no dicen que los suyos son los mejores, los más listos y los más guapos. Pero hoy como ayer, en su delirio, sería incapaz de percibir que no son gigantes lo que alancea, sino molinos de viento.

Porque, vamos a ver, ¿cómo es posible que un efecto tan indubitado sea al mismo tiempo tan veleta? Con las encuestas ocurre que tan pronto se dice que movilizan el voto a favor del caballo ganador, como que inducen a la abstención al darse por segura la victoria. Más importante aún para relativizar su supuesto efecto mágico, es caer en la cuenta de que ninguna escribe sobre un folio en blanco. En su pretendida intencionalidad, tropezará con otras que pueden decir cosas distintas, sometiendo así a discusión pública sus conclusiones. A pesar de la perversión direccional del periodismo de tribuna, es más ajustado pensar que esa discusión se desarrolla en un frontón de paredes irregulares, con varias pelotas rebotando a la vez, mientras público y jugadores tratan de recabar información -siempre incompleta- para decidir cuál es la bola buena, cuál la jugada decisiva y cuál la apuesta ganadora. Si alguien no puede seguir el partido en esas condiciones, que se levante y se vaya, pero que no le eche la culpa al color del frontis.

Las encuestas no son una versión actualizada de la técnica Ludovico. Nadie suspende su juicio y albedrío por enfrentarse a la visión de sus datos. Las encuestas solo nos aproximan, siquiera parcialmente, a un actor que no puede ignorarse en la sociedad actual: la opinión pública. Aunque pueda ser cierto que al tiempo que damos cuenta de ella, la modelamos de alguna forma, ni lo es de forma tan simple como algunos suponen, ni desde luego lo es en grado mayor a unas elecciones, una portada periodística, un referendum o una medición de audiencias. Por más que se empeñen los aprendices de brujo o sus alarmados críticos, los resultados tabulados de una encuesta no ponen la realidad a su dictado sino que dan cuenta, mejor o peor, de una parte de ella. En la tarea de dictaminar realidades por decreto, tienen menos probabilidades de éxito que Don Vito y la revuelta en el frenopático: «mañana sol y buen tiempo».


Nota: El vasco que subió una colina hacía referencia a Juan José Ibarretxe y la campaña electoral era la de 2005.

L’elefant català katxarreria-n (ii)

Posted on 4 de octubre de 2012

Decía en la primera parte de este artículo que, dejando a ETA atrás -y para otro momento la disputa soberanista-, la campaña electoral en Euskadi se perfilaba en torno a la crisis, su creciente número de damnificados y la búsqueda de la recuperación económica. No solo la magnitud de la crisis explicaba el giro operado respecto de las previsiones de hace solo un año. También los objetivos electorales de los partidos han jugado a favor de esa modificación. Entre otras razones, porque es tiempo de pedir el voto y nadie quiere correr el riesgo de alentar una desafección partidista de resultados inciertos en partes sensibles del electorado de todos ellos.

Así, la gestión de la crisis y sus consecuencias, la política fiscal y la promoción económica, los servicios sociales y el sector público, o la propia organización institucional, han sido más determinantes a la hora de buscar un perfil en la parrilla de salida: la «gestión eficaz» de Urkullu, la «gestión solidaria» de López, la «gestión responsable» de Basagoiti, o la «gestión alternativa» de Mintegi. De pronto la política era gestión y a nadie le parecía mal. Oh my, oh my! Y todo empezó como en una de esas escenas de pingüinos al borde de un ataque de nervios, que se amontonan curiosos al borde del agua sin atreverse a saltar, hasta que uno resbala y se desata el delirio: «¡gestión!, ¡gestión!, ¡gestión!».

De cara a la campaña, el PNV se encuentra a gusto en ese eje. Goza de crédito más allá de las fronteras de su electorado más estable -suficientemente motivado ya por la perspectiva de «recuperar» Ajuria Enea-, de modo que centrar el debate en torno a la gestión le permite frenar cualquier tentación saltimbanqui y al mismo tiempo atraer a otros electores que confían en su sello de buen gestor. Por su parte, el PSE ha encontrado aire político en el debate sobre la gestión de la crisis. Subraya su posición de gobierno, le aleja del que para una parte de los suyos es el pecado original, e introduce eficazmente el modo de gestionar la crisis, acentuando un perfil socialdemócrata que incentive a su electorado más desmovilizado.

El PP vasco ha perdido enteros en ese debate en los últimos meses, al acusar la impopularidad de las medidas del Gobierno de Mariano Rajoy; a pesar de ello, sigue encontrando más posibilidades de alianzas en ese ámbito que en cualquier otro, objetivo fundamental de la línea estratégica de Antonio Basagoiti de no permitir de nuevo el aislamiento de su formación en el tablero político vasco. Por fin, EH Bildu ha encontrado en el debate sobre la gestión una oportunidad de marcar vocación y perfil institucional autonómico, sin tener que enfrentar las contradicciones que ese viraje podía plantear al discurso más característico de la izquierda abertzale hasta no hace mucho.

Y en eso llegó la Diada. Y su lectura –in crescendo en los días siguientes- en clave de ruptura nacional catalana. Y Artur Mas que se pone delante. «Y todos detrás, President, a ver dónde nos lleva». De momento, lo seguro es que el adelanto electoral del 25 de noviembre va a seguir alimentando su relevancia en el debate político, con muy pocas probabilidades de que ni prima de riesgo ni rescate, logren arrumbarlo a terrenos más templados. Así que cuando el contencioso vasco bajaba decibelios, hete aquí que la cuestión catalana no solo animó tertulias y despertó de su sueño al federalismo, sino que se proyectó sobre el escenario político vasco y sobre una campaña electoral que se dirigía a la pista de salida por un carril muy diferente. Y para muestra un botón del programa electoral de EH Bildu (Año I antes de Mas), que habla por sí solo:

 demandamos la competencia para organizar un sistema penitenciario propio […] Es importante visualizar esta competencia en el departamento de Libertades Ciudadanas como expresamente desvinculada de su clásica incardinación en el departamento de Interior

Pero la Blitzkrieg de Mas está condicionando ya de hecho una reorientación decisiva de la campaña electoral vasca. El desvío del eje de campaña provocado por su impacto, con los focos apuntando a PNV y EH Bildu, parecería sugerir un revulsivo para las opciones abertzales. Sin embargo, se olvida a veces que en el resultado electoral, tan importante como movilizar los votos propios, lo es también no incentivar el de los demás. Quizá el órdago de Mas constituya un aliado político del nacionalismo vasco en el futuro, quizá; pero en el corto plazo electoral, bien puede convertirse en un estímulo de voto no abertzale.

Por motivos distintos, tanto PNV como EH Bildu podían contar con tener su voto muy movilizado. Su campaña podía así dirigirse a otros sectores aledaños, para convencerles de que esta vez les votasen. Con el viento a favor, sobre todo para PNV, una campaña de persuasión tranquila era sin duda la mejor opción. Las cosas eran distintas para PSE -con una desmovilización notable en las últimas convocatorias-, y para PP, que podía resentirse ahora del desgaste de Rajoy. Pero provocar por su parte un debate soberanista para estimular a su electorado, era una operación de riesgo. De modo que PSE seguía remachando el clavo socialdemócrata -que venía preparando hace meses-, mientras PP tenía más dificultades para encontrar su perfil electoral bueno.

Pero el elefante catalán entra en tromba y el PP vasco, el más necesitado de un cambio, es el primero en entender que se presenta una oportunidad. Sin tirar los puentes, intenta colocar el elefante entre su electorado potencial y el cartel del PNV gestor. Si modula bien, puede obtener réditos: potencia el mensaje que trataba de colocar desde el principio –«aunque sea para que gobierne PNV, es necesario que contemos»-, puede ser un incentivo de movilización para los más desencantados, y le da un respiro en el «todos contra Rajoy».

El referente Mas, no solo en clave soberanista sino también de política económica, también le sirva al PSE para atacar la imagen de gestión que esgrime PNV, incluso de forma más eficaz que el empeño por identificar PNV y PP. Corre el peligro de que a partir de un ataque compartido en base al affaire catalán, se identifique un eje PP-PSE, rechazado por buena parte de sus probables electores. Para evitarlo cuenta con la inercia del enfrentamiento con Rajoy de los últimos meses -y la mediática ruptura de Basagoiti- de modo que su «dique de contención» podría diferenciarse en una clave de izquierdas. Incluso EH Bildu puede estar reconsiderando su campaña amable, si percibe que no logra arrebatar electorado a PNV. Y quizá no tanto porque con el señuelo catalán sí lo consiga, como por dificultarle la acumulación de otros votos incentivando el perfil abertzale de la campaña.

El PNV es el más perjudicado por la entrada en escena del elefante catalán. Tenía la campaña de cara y le bastaba con dejarse llevar para exhibir su mejor perfil. Será el más interesado en amortiguar el impacto, reconduciendo la campaña al debate de la gestión, con el referente único de Euskadi y la carta de su liderazgo institucional hasta la última legislatura. No le será fácil y alternativamente puede esperar, o provocar, un error por exceso en sus contrincantes, tratando de hacerse con la imagen de centralidad. En cualquier caso, será el reparto de 4 ó 5 escaños, no más, el que puede alterarse en la campaña en base a estas claves. Pero 4 ó 5 escaños que, dependiendo de sus destinatarios, pueden significar todo un mundo a partir del 22 de octubre. Empieza, otra vez, una campaña apasionante.